viernes, 29 de junio de 2018

Calle sin salida

Aquella suntuosa residencia en los alrededores de Puerta de Hierro tenía un encanto particular y nos sedujo al instante, sobre todo por su ubicación al final de esa arbolada y frondosa calle sin salida. Por eso no dejó de sorprendernos que el vendedor (tan aparentemente nervioso) estuviese  contento de desembarazarse de un inmueble de ese valor a  precio de vaca muerta. Se encontraba, eso sí, en un lugar retirado, prácticamente desolado, en las afueras de la ciudad, casi al lado del río Isabela, pero allí se respiraba aire puro y fresco a pleno pulmón y era un lugar apacible, extrañamente apacible en realidad.
A pesar de la abundante vegetación no vimos pájaros, no se escuchaba el canto de las aves. No se escuchaba ni siquiera el sonido del silencio. Pero en esos momentos nos sentíamos   demasiados felices como para reparar en esos detalles y esa   misma tarde firmamos el contrato en presencia del encargado de la compañía de bienes raíces, que estaba más contento de vender que nosotros de comprar, aunque visiblemente       nervioso, mucho más de lo que estaba cuando nos llevó a             conocer la propiedad. Era un bicho raro. Uno de esos tipos de carácter opaco y elusivo que no miran a los ojos y evitan dar respuestas concretas. Cuando le preguntamos por el nombre de la calle emitió una risita indefinida: ji, ji… Dijo que la calle no tenía nombre oficialmente, solamente se llamaba Calle sin salida.
El primer inconveniente se presentó con la gente de la compañía de mudanza.
-No damos servicio en esa zona.
¡Pero si ustedes hacen mudanzas a todo el país!
-Con algunas excepciones. Y esa zona es una de ellas.
-¿Y se puede saber por qué? 
-No, señor, no se puede, política de la empresa.
¿Política de la empresa? Ninguna empresa iba a impedir que nos mudáramos o por lo menos comenzáramos a mudarnos al otro día temprano en la mañana. De modo que le pedí prestada la camioneta a Rafaelito Báez, un viejo amigo y    
compañero de estudios que vivía desde hacía años en Puerta de Hierro. Rafaelito me prestó el vehículo, desde luego, pero  frunció el entrecejo cuando le dije en qué lugar se encontraba la casa. 
Nos pasamos el día, todo el santo día dando viajes, trasladando lo indispensable de un lugar a otro: la cama, la nevera, la estufa, los muebles del comedor, la televisión, el labrador negro gigante que comenzó a brincar, a corretear de felicidad cuando lo solté en el inmenso patio. Pensé que uno de los próximos días iríamos al río a darnos un baño, sin sospechar entonces que el río estaba plagado de caimanes que se habían escapado del zoológico.  
Casi al anochecer devolví la camioneta y regresé cuando las sombras empezaban a tragarse la calle sin salida. Preparamos una cena más o menos frugal y salimos a la galería. Después iríamos a la cama y veríamos una película de Polanski. Pero en la galería nos sorprendió un espectáculo desolador. Todas las casas, menos la nuestra, estaban apagadas. El labrador    ladraba y ningún perro respondía a sus ladridos. Las casas,      todas las casas que en principio pensábamos que estaban          simplemente apagadas, en realidad estaban simplemente deshabitadas o parecían estarlo.
Nos habíamos mudado a una calle fantasma. Eso explicaba en parte la tranquilidad y el silencio, pero no explicaba por qué había a esa hora tantos automóviles estacionados en las entradas de las viviendas y frente a las viviendas. Aparte de aquellos jardines tan esmeradamente cuidados, los buzones llenos de cartas, la basura en fundas plásticas.
Me pareció escuchar un ruido en la casa vecina y toqué la puerta, pero el ruido se desvaneció. Luego me pareció escuchar ruido en otras casas y fui de puerta en puerta tocando puertas con el mismo resultado. No había vecinos en el vecindario, pero estaba poblado, evidentemente poblado.
-Lo mejor es llamar al colmado para que manden unas cervezas -dije al regresar-. Unas cervezas frías, bien frías, cenicientas, y mañana averiguaremos lo que pasa, desentrañaremos el misterio si hay misterio.
El labrador emitió un ladrido de aprobación 
-Tres cervezas frías, por favor, media Marlboro Ligths y una funda de hielo a la Calle sin salida. Creo que así se llama.
-Ahí no vive nadie señor.
-¿Cómo?
-Que en esa calle no vive nadie, señor.
-Ahora vivo yo y le estoy hablando. Estoy viviendo yo y otros que no he tenido el gusto de conocer y le estoy pidiendo tres cervezas frías, por favor, media Marlboro Ligths y una funda de hielo. A la Calle sin salida, por favor.
-Le digo que ahí no vive nadie, señor.
-Y yo le digo que estoy viviendo yo. Mándeme uno de los muchachos con lo que le pido. Doy buenas propinas, las mejores propinas.
-Y le repito, señor, que ahí no vive nadie. No es asunto de propinas. Los muchachos no entran a esa calle y mucho menos de noche. Quien entra de noche a esa calle no vuelve a salir. Ninguno de los que se han mudado a esa calle vuelve a  salir. Desaparecen el primer día, todo se queda igual, pero la gente no vuelve a salir. Desaparece.  
-Pues yo todavía no he desaparecido y mañana voy a salir y vivo aquí.
-Nadie ha salido nunca de ese lugar, se lo repito: ahí no vive nadie. Usted cree que está vivo, pero ahí no vive nadie. Ahí no vive nadie.



miércoles, 27 de junio de 2018

LAS COPLAS DE JORGE MANRIQUE


         Pedro Conde Sturla
         11/7/2008

        El dolor, el desgarramiento por la pérdida de un familiar, un ser querido, ha dado origen tradicionalmente a las más grandes inspiraciones poéticas de la literatura.
Algunas de las mejores plumas de la lengua, de muchas lenguas, han dejado, en efecto, el vivo testimonio de un pesar por el precario, el fugaz, el transitorio, el huidizo sentido o sinsentido de la existencia, el testimonio de un inmenso vacío que quieren colmar y no colman las palabras, de un drama personal en el que se refleja, sin embargo -por la excelencia del decir y el bien decir-, la humanidad doliente, toda la frágil condición humana.
 
Monumento a Jorge Manrique


En el escenario trágico de España, de la historia de.  España, abundan los poetas que han cantado a la dolorosa pérdida de amigos y parientes y no es casual y no es extraño que tres de los más grandes exponentes (Manrique, Lorca, Hernández) hayan sido a las vez figuras trágicas, muertos a tiempo y a destiempo por “el odio y la ciencia de otros hombres”, como dijera el mejicano Torres Bodet.  
Una de las joyas del género “Coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre” (1477), inaugura prácticamente la poesía española de la época moderna y a pesar de más de cinco siglos de existencia, preserva su juventud y frescura, despierta el interés, la  devoción de un objeto de culto.
Jorge Manrique (1440-1479) era hombre de pluma y espada en el más cabal de los sentidos. Aparte de una sólida formación humanista era diestro en el uso de las armas y pertenecía a una familia de nobles en la que muchos compartían su doble condición de militar y hombre de letras.
De hecho, Manrique ejerció más el oficio de las armas que el oficio de poeta, al que se dedicaba en tiempo libre, y ganó fama en combate defendiendo la causa de Isabel la Católica en la contienda por la sucesión de la corona en Castilla, perdió a un hermano en el proceso, y en el asalto al Castillo de Garcimuñoz fue herido de muerte antes de cumplir 40 años.
La fama imperecedera la debe, sin embargo, a la poesía, a unos pocos versos, unas cuantas páginas de esas Coplas que sobresalen por la intensidad, por la inmensidad de un pensamiento que se sostiene casi por milagro en la más sencilla, natural y desnuda belleza de la forma. El asunto es íntimo, elegíaco, pero la visión de conjunto es universal, la expresión de dolor es universal.

I
Recuerde el alma dormida,/ avive el seso e despierte/ contemplando/cómo se passa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando;/ cuán presto se va el plazer,/ cómo, después de acordado,/ da dolor; /cómo, a nuestro parescer,/ cualquier tiempo passado/ fue mejor.

II

Pues si vemos lo presente/cómo en un punto s'es ido/ e acabado,/ si juzgamos sabiamente,/ daremos lo non venido/ por passado./ Non se engañe nadie, no,/ pensando que ha de durar/ lo que espera/ más que duró lo que vio,/ pues que todo ha de passar/ por tal manera.

III

Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ qu'es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ e consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/
e más chicos,/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos./
V
Este mundo es el camino/ para el otro, qu'es morada/ sin pesar;/ mas cumple tener buen tino/ para andar esta jornada/ sin errar./ Partimos cuando nascemos,/ andamos mientra vivimos,/ e llegamos/ al tiempo que feneçemos; assí que cuando morimos,  descansamos.

VIII

Ved de cuán poco valor/ son las cosas tras que andamos/ y corremos,/ que, en este mundo traidor,/ aun primero que muramos/ las perdemos./ Dellas deshaze la edad,/ dellas casos desastrados/ que acaeçen,/ dellas, por su calidad,/ en los más altos estados/ desfallescen.

IX

Dezidme: La hermosura,/ la gentil frescura y tez/ de la cara,/ la color e la blancura,/ cuando viene la vejez,/ ¿cuál se para?/ Lasmañas e ligereza/ e la fuerça corporal/ de juventud,/ todo se torna graveza/ cuando llega el arrabal/ de senectud.

XI

Los estados e riqueza,/ que nos dexen a deshora/ ¿quién lo duda?,/
non les pidamos firmeza./ pues que son d'una señora;/ que se muda,/ que bienes son de Fortuna/ que revuelven con su rueda/ presurosa,/ la cual non puede ser una/ ni estar estable ni queda/ en una cosa.

XIII

Los plazeres e dulçores/ desta vida trabajada/ que tenemos,/ non son sino corredores,/ e la muerte, la çelada/ en que caemos./ Non mirando a nuestro daño,/ corremos a rienda suelta/ sin parar;/desque vemos el engaño/ y queremos dar la vuelta/ no hay lugar.

XIV

Esos reyes poderosos/ que vemos por escripturas/ ya passadas/
con casos tristes, llorosos,/ fueron sus buenas venturas/  trastornadas;/ assí, que no hay cosa fuerte,/ que a papas y emperadores/ e perlados,/ assí los trata la muerte/ como a los pobres pastores/ de ganados.

XVII

¿Qué se hizieron las damas,/ sus tocados e vestidos,/ sus olores?/ ¿Qué se hizieron las llamas/ de los fuegos encendidos/ d'amadores?/ ¿Qué se hizo aquel trovar,/ las músicas acordadas/  que tañían?/ ¿Qué se hizo aquel dançar,/ aquellas ropas chapadas/ que traían?

                  .

XXIV

Las huestes inumerables,/ los pendones, estandartes/ e banderas,/ los castillos impugnables,/ los muros e baluartes/  e barreras,/ la cava honda, chapada,/ o cualquier otro reparo,/ ¿qué aprovecha?/ Cuando tú vienes airada,/ todo lo passas de claro/ con tu flecha.

XXV

Aquel de buenos abrigo,/ amado, por virtuoso,/ de la gente,/ el maestre don Rodrigo/ Manrique, tanto famoso/ e tan valiente;/ sus hechos grandes e claros/ non cumple que los alabe,/ pues los vieron;/ ni los quiero hazer caros,/ pues qu'el mundo todo sabe/ cuáles fueron.

XXVI

  Amigo de sus amigos,/ ¡qué señor para criados/ e parientes!/ ¡Qué enemigo d'enemigos!/ ¡Qué maestro d'esforçados/ e valientes!/ ¡Qué seso para discretos!/ ¡Qué gracia para donosos!/ ¡Qué razón!/ ¡Qué benino a los sujetos!/ ¡A los bravos e dañosos,/  qué león!

“De Jorge Manrique –dice en una página web de El poder de la palabra- sólo se conservan cuarenta y ocho poemas; la mayoría de los cuales es de tema amoroso, aunque hay alguno de carácter burlesco y las Coplas a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre, de hondo contenido moral. Si no fuera por las Coplas, Manrique sería uno más entre los muchísimos poetas que en el siglo XV cantaban a sus damas con los tópicos del amor cortés. Pero la hondura y sinceridad con que el poeta expresa sus sentimientos ante la brevedad de la vida y la vanidad de las cosas mundanas, además de la emoción que nos transmite el elogio fúnebre de su padre, hacen de las Coplas no sólo la más famosa elegía de la literatura española sino una de sus cumbres.”

11/7/2008




                  
                 

LLANTO A LAS CINCO EN SOMBRA DE LA TARDE


Pedro Conde Sturla
24 de julio de 2008

            A Ignacio Sánchez Mejías se le conoce como el torero de la Generación del 27, que tanta gloria dio a España y a las letras hispanas. De hecho fue más bien el padre, el fundador y el símbolo del grupo. A él se atribuye la idea o la iniciativa de  invitar, costear el viaje y alojar en su finca de Sevilla a unos amigos poetas con el propósito de honrar a Luís de Góngora y Argote (1561–1627) en ocasión del tricentenario de su muerte. Ahí comenzó todo.

 Sánchez Mejías era dueño de una sólida formación intelectual, era un exitoso dramaturgo, era poeta, novelista, actor de cine, corredor de autos, jugador de polo, talentoso mujeriego que había ganado fama por sus aventuras y desaventuras galantes, entre otras cosas, pero sobre todo como torero y  suicida potencial. Un personaje que habría hecho las delicias de Hemingway.
  A juzgar por el número de cornadas que recibió en la arena, incluyendo la primera como debutante, su destreza como matador era menor que su atrevimiento frente al toro. Vio morir en el ruedo a su famoso cuñado Joselito y al parecer no deseó, nunca buscó otra muerte, otra forma para él más elegante y dolorosa de morir y murió joven. Murió tras una cogida en la plaza de Manzanares al cabo de dos días de agonía y una gangrena.
El hecho dejó en sus compañeros de generación una impresión aterradora, como si de repente hubieran descubierto el drama, la tragedia que disimula, que se incuba en la parafernalia del llamado arte taurino, tan ajeno a mis fibras más sensibles.
A pocas horas de su muerte Federico García Lorca empezó a componer su insuperable elegía, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, elegía en cuatro estaciones, cuatro capítulos, cuatro poemas memorables, que publicó el año después, en 1935.
En La cogida y la muerte todo empieza donde termina, todo termina donde empieza, un poco como en el “Bolero” de Ravel. Todo sucede  y vuelve a suceder a las cinco de la tarde, en una interminable letanía que empieza y termina a las cinco de la tarde, en la fatídica sombra de la tarde y otra vez a las cinco y de nuevo a las cinco de la tarde, puntualmente a las cinco de la tarde, la hora de la cogida que vuelve a ser las cinco de la tarde, la terrible hora cinco de la tarde, como un fúnebre tañido de campanas, como un dolor que se devora a sí mismo, un grito sin consuelo.

Trompa de lirio por las verdes ingles / a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles /a las cinco de la tarde,
 y el gentío rompía las ventanas /a las cinco de la tarde.
 A las cinco de la tarde.
 ¡Ay qué terribles cinco de la tarde! / ¡Eran las cinco en todos los relojes! / ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

         En la segunda estación, “La sangre derramada”, que el poeta no quiere ver, sobresale una imagen grandiosa, una casi pintura reposada de “su majestad la muerte” en la que no encuentra el menor consuelo. La tierna y emocionada evocación del amigo y compañero de ideales, del cual lo separa ya un abismo insondable, sigue suscitando el rechazo ante la inútil, irremediable pérdida:
 
    Por las gradas sube Ignacio / con toda su muerte a cuestas. / Buscaba el amanecer, / y el amanecer no era. / Busca su perfil seguro, / y el sueño lo desorienta. / Buscaba su hermoso cuerpo / y encontró su sangre abierta. / ¡No me digáis que la vea! / No quiero sentir el chorro / cada vez con menos fuerza; / ese chorro que ilumina / los tendidos y se vuelca / sobre la pana y el cuero / de muchedumbre sedienta. / ¡Quién me grita que me asome! / ¡No me digáis que la vea!
.
    “Cuerpo presente”, la tercera estación, reitera un poco la idea anterior. La muerte es el fin de todo, lo pudre todo, cubre las formas de “agujeros sin fondo”. No hay consolación por vía de la religión o la filosofía.
 
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido. / Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura: / la muerte le ha cubierto de pálidos azufres / y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
         …………………………………………………
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa. / Estamos con un cuerpo presente que se esfuma, / con una forma clara que tuvo ruiseñores / y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
         ………………………………………………….
         No quiero que le tapen la cara con pañuelos / para que se acostumbre con la muerte que lleva. / Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido. / Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
  
En la cuarta estación, “Alma ausente”, el tema es el olvido, la otra muerte que ahora amenaza a Ignacio, pero de esa muerte sí podrán rescatarlo las palabras y la poesía, de esa muerte sí se libró Ignacio Sánchez Mejía.
 
No te conoce el toro ni la higuera, / ni caballos ni hormigas de tu casa. / No te conoce el niño ni la tarde / porque te has muerto para siempre.
      No te conoce el lomo de la piedra, / ni el raso negro donde te destrozas. / No te conoce tu recuerdo mudo / porque te has muerto para siempre.
        El otoño vendrá con caracolas, / uva de niebla y monjes agrupados, / pero nadie querrá mirar tus ojos / porque te has muerto para siempre.
     Porque te has muerto para siempre, / como todos los muertos de la Tierra, / como todos los muertos que se olvidan / en un montón de perros apagados.
        No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. / Yo canto para luego tu perfil y tu gracia. / La madurez insigne de tu conocimiento. / Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca. / La tristeza que tuvo tu valiente alegría. / Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, / un andaluz tan claro, tan rico de aventura. / Yo canto su elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos. 

pcs, jueves, 24 de julio de 2008

POR LOS ALTOS ANDAMIOS DE LAS FLORES

             Pedro Conde Sturla

Monumento a Miguel Hernández
       









El más trágico y breve de los tres grandes cantores españoles de la pérdida es Miguel Hernández, pastor de cabras, poeta, dramaturgo, militante comunista y combatiente en el bando republicano durante la guerra civil. Había nacido en Orihuela, Alicante, en 1910 y murió en las ergástulas franquistas en 1942, “entre dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos”, a los treinta y un años de edad.
         En su corta y fecunda existencia dejó, sin embargo, una obra lírica monumental que incluye:
        “Perito en lunas” (1933)
“Imagen de tu huella” (1934)
“El silbo vulnerado” (1934)
“El rayo que no cesa” (1936)
“Viento del pueblo” (1937)
“Versos en la guerra” (en colaboración, 1938)
“El hombre acecha” (1939)
“Cancionero y romancero de ausencias” (1938-1941).
En esa obra cantó con intensidad fuera de serie a los paisajes de su infancia, a sus ideales de justicia social, al coraje y la guerra, a la desgarradora muerte de un hijo, a su esposa, al amor y a la amistad. Incluso a la humilde cebolla en una de sus más celebradas piezas:

Nanas de la cebolla
    
         (Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir
una carta de su mujer, en la que le
decía que no comía más que pan y cebolla.)
          
La cebolla es escarcha / cerrada y pobre. / Escarcha de tus días / y de mis noches. / Hambre y cebolla, / hielo negro y escarcha / grande y redonda.
        En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchada de azúcar / cebolla y hambre.
Una mujer morena / resuelta en lunas / se derrama hilo a hilo / sobre la cuna. / Ríete niño / que te traigo la luna / cuando es preciso.
 Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca. / Boca que vuela, / corazón que en tus labios / relampaguea. 
Es tu risa la espada / más victoriosa, / vencedor de las flores / y las alondras. / Rival del sol. / Porvenir de mis huesos / y de mi amor.
Desperté de ser niño: / nunca despiertes. / Triste llevo la boca: / ríete siempre. / Siempre en la cuna / defendiendo la risa / pluma por pluma.
Al octavo mes ríes /  con cinco azahares. / Con cinco diminutas / ferocidades. / Con cinco dientes / como cinco jazmines / adolescentes.
Frontera de los besos / serán mañana, / cuando en la dentadura / sientas un arma. / Sientas un fuego / correr dientes abajo / buscando el centro.
Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla, / tú satisfecho. / No te derrumbes. / No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre.
       Miguel Hernández ejerció gran influencia, un ascendiente moral y estético en nuestra Generación del 48, entre cuyos preclaros exponentes figuran los patriarcas Víctor Villegas y Lupo Hernández Rueda. Su sacrificio en plena flor de la vida, la novedad y audacia de su poesía lo convirtieron en símbolo, en objeto de culto de esa generación, y el título de la revista del grupo, “El silbo vulnerado”, fue tomado de unos versos muy amorosos y festivos:

La pena hace silbar, lo he comprobado, / cuando el que pena, pena malherido, / pena de desamparo desabrido, /
pena de soledad de enamorado.
¿Qué ruy-señor amante no ha lanzado / pálido, fervoroso y afligido, / desde la ilustre soledad del nido / el amoroso silbo vulnerado?

         Una de sus composiciones más elogiadas y populares no es de carácter paternal ni festivo, es la “Elegía a  Ramón Sijé”, un amigo de infancia, “muerto como de rayo”, del cual se encontraba distanciado por un chisme de Neruda. En ella deja la piel, el poeta, deja el pellejo desnudo, en carne viva. Es la más desgarradora expresión del dolor, el remordimiento y el resentimiento, una de las más grandiosas y sobrecogedoras construcciones del genio poético ante la irremediable pérdida:

      Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. 
        Alimentando lluvias, caracoles / Y órganos mi dolor sin instrumento, / a las desalentadas amapolas
        daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento. 
     Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado. 
.       No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida. 

        Ando sobre rastrojos de difuntos, / y sin calor de nadie y sin consuelo / voy de mi corazón a mis asuntos. 
   Temprano levantó la muerte el vuelo, / temprano madrugó la madrugada, / temprano estás rodando por el suelo. 
      No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida   desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada. 
        En mis manos levanto una tormenta / de piedras, rayos y hachas estridentes /  sedienta de catástrofe y hambrienta 
      Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte / a parte a dentelladas secas y calientes. 
      Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte 
     Volverás a mi huerto y a mi higuera:  / por los altos andamios de mis flores / pajareará tu alma colmenera 
      de angelicales ceras y labores. / Volverás al arrullo de las rejas / de los enamorados labradores. 
      Alegrarás la sombra de mis cejas, / y tu sangre se irá a cada lado / disputando tu novia y las abejas. 
     Tu corazón, ya terciopelo ajado, / llama a un campo de almendras espumosas / mi avariciosa voz de enamorado. 
     A las aladas almas de las rosas... / de almendro de nata te requiero, : / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero. 

(10 de enero de 1936) 

       
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pcs, jueves, 31 de julio de 2008


martes, 26 de junio de 2018

LA CANCIÓN DE TROYA


Pedro Conde Sturla

“La Ilíada” describe poéticamente un episodio de la mitológica guerra de Troya, el de la cólera de Aquiles. “La canción de Troya”, de la escritora australiana Colleen McCullough (1937-2015), narra la historia completa, más que completa, porque se remonta a una época anterior y culmina con el saqueo e incendio de la portentosa ciudad. Además Colleen McCullough interpreta los hechos a su antojo, incorpora personajes, situaciones y numerosas variantes. Cosas que en otras fuentes son apenas sugeridas, aquí son explícitas. Ulises y Diómedes son amantes. Aquiles y Patroclo son novios. Briseida y Aquiles son njovios.
En “La Ilíada”, el narrador es el poeta omnisciente, con ayuda de los dioses o de la diosa. En “La canción de Troya” la autora se vale de un artificio y pone la narración en boca de los personajes protagónicos. En ambos casos el relato es una fantasía coral. En ningún caso es una glorificación de la guerra.
Lo que se propone McCullough es quizás la disección de la guerra, abominación de la guerra realizada por una profesional brillante de la medicina (una extraña neuróloga con sangre irlandesa por parte de padre y ascendencia maorí por parte de madre). Agamenón cree que la conquista de Troya será fácil y rápida, pero Ulises se hace el loco y Aquiles se disfraza de mujer para tratar, sin éxito, de evadir el reclutamiento, y mucho antes del final de la contienda la mayoría de los guerreros están hartos de tanto derramamiento de sangre. El veterano Néstor pierde cinco de sus siete hijos.
El capítulo veintisiete, narrado por Aquiles (uno de los más relevantes), describe o autodescribe a un héroe cansado y más que cansado abatido, deprimido, sumergido en una pesadumbre sin fondo. Llora por los amigos que ha perdido, sobre todo por Patroclo, y llora por los enemigos que ha mandado al otro mundo, a los que una vez odiaba y ya no puede odiar. Y llora también por sí mismo.
—¡Oh Briseida! ¡Me siento destrozado hasta las mismas raíces! ¡Nunca hasta este momento había sentido el viento con tanta viveza, percibido con tal intensidad el olor de la vida, visto las estrellas tan claras, tan tranquilas!
El enfrentamiento con las amazonas, y en particular con la reina Pentesilea, retrata un poco de cuerpo entero su peculiar estado de ánimo y se cuenta entre las cosas más interesantes y originales de la obra de Colleen McCullough. Una recreación de “La Ilíada” tan apasionante como la original. 

La Canción de Troya
Capítulo veintisiete, narrado por Aquiles
Colleen McCullough
La canción de Troya, pdf

Los troyanos dedicaron doce días a llorar la muerte de Héctor. Durante ese tiempo llegó Pentesilea, reina de las amazonas, con diez mil guerreras a caballo. Otra razón para que afilásemos nuestras armas.
La curiosidad engrasó nuestras piedras de amolar porque aquellas peculiares criaturas vivían completamente dedicadas a Artemisa la doncella y a un Ares asiático. Residían en las fortalezas de Escitia, al pie de las montañas de cristal que traspasan el techo del mundo; cabalgaban en enormes caballos por los bosques, donde cazaban y merodeaban en nombre de la doncella. Existían bajo el pulgar de la diosa tierra en su primera triple entidad —doncella, madre, anciana—, y gobernaban a sus hombres como las mujeres en nuestra parte del mundo antes de que la Nueva Religión sustituyera a la Antigua. Porque los hombres habían descubierto un hecho vital: que la semilla masculina era tan necesaria para la procreación como la mujer que cultivaba el fruto. Hasta que se realizó tal descubrimiento, el hombre estaba considerado como un lujo costoso.
La sucesión de las amazonas radicaba totalmente en la línea femenina; sus hombres eran bienes muebles que ni siquiera iban a la guerra. Los primeros quince años de la vida de una mujer después de haber alcanzado sus reglas estaban exclusivamente dedicados a la diosa doncella. Luego se retiraba del ejército, tomaba esposo y engendraba hijos. Sólo la reina se mantenía célibe, aunque renunciaba al trono durante el mismo tiempo en que las restantes mujeres abandonaban el servicio de Artemisa la doncella y, en lugar de tomar esposo, caía bajo el hacha como sacrificio para su pueblo.
Lo que ignorábamos acerca de las amazonas nos lo contó Ulises; parecía tener espías por doquier, incluso al pie de las montañas de cristal de Escitia. Aunque, desde luego, lo que más nos consumía era el hecho de que las amazonas cabalgaran en caballos. Nadie más lo hacía; ni siquiera en el lejano Egipto. Era difícil sentarse en un caballo porque tenían la piel resbaladiza y las mantas no podían sujetarse sobre ella; la única parte que solía utilizarse del animal era la boca, en la que podía introducirse un bocado unido a un arnés y a las riendas. Por consiguiente, la gente los utilizaba para arrastrar carros. Ni siquiera podían emplearse para tirar de las carretas porque el yugo los estrangulaba. ¿Cómo podían pues cabalgar en aquellos animales para conducirlos a la lucha?
Mientras los troyanos lloraban a Héctor nosotros descansamos preguntándonos si alguna vez volveríamos a verlos fuera de sus murallas. Ulises seguía confiando en que saldrían pero los demás no estábamos tan seguros.
El día decimotercero me vestí la armadura que Ulises me había regalado y descubrí que era mucho más ligera. Cruzamos los caminos superiores entre la oscuridad del alba; infinitas hileras de hombres avanzando con dificultades por la llanura mojada por el rocío, con algunos carros al frente. Agamenón había decidido instalar sus tropas en un frente de una media legua desde la muralla troyana adyacente a la puerta Escea.
Nos estaban aguardando, no tantos como antes, pero más numerosos que nosotros. La puerta Escea ya estaba cerrada.
La horda de las amazonas estaba situada en el centro de la vanguardia troyana; mientras aguardaba a que nuestras alas concluyeran su formación, me senté en el borde lateral de mi carroza y las estuve observando. Montaban en grandes bestias peludas de una raza que me era desconocida, con feas cabezas aquilinas, crines y colas peladas y cascos peludos. Eran de color uniformemente bayo o castaño, salvo uno de ellos de un blanco precioso situado en el centro, que sin duda pertenecería a la reina Pentesilea. Pude observar la habilidad con que se sostenían sobre sus monturas; ¡muy inteligente! Cada guerrera acomodaba sus nalgas y caderas en una especie de estructura de cuero sujeta bajo el vientre del caballo, de modo que se mantenía firmemente en su sitio.
Aunque lucían cascos de bronce, por lo demás iban ataviadas con cuero resistente y se cubrían desde la cintura hasta los pies con una especie de tubos también de cuero atados con correas desde los tobillos hasta las rodillas. Calzaban suaves botines. Las armas preferidas eran evidentemente el arco y las flechas, aunque algunas ceñían espadas.
En aquel momento sonaron los cuernos y tambores que anunciaban el inicio de la batalla. De nuevo me erguí en mi puesto empuñando a Viejo Pelión (una lanza, pcs), cubriendo cómodamente mi hombro izquierdo con el escudo. Agamenón había concentrado todos sus carros, lamentablemente escasos, en la vanguardia, frente a las amazonas.
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Podía haberla superado largamente por mi fortaleza pero odiaba ver su orgullo humillado. Pensé que era mejor concluir con aquella situación de una forma rápida y honrosa. Cuando comprendió que su suerte estaba echada, fijó sus ojos en los míos y asintió de una manera tácita, pero aún intentó una última y desesperada estratagema. El caballo blanco se encabritó retorciéndose mientras caía y chocaba con mi montura con tal ímpetu que la hizo tropezar y le resbalaron los cascos. Mientras la sostenía con la voz, la mano izquierda y los talones, el hacha de mi enemiga descendió. Yo levanté a mi vez la mía para detenerla y desviarla a un lado, y entonces no vacilé. Su costado estaba descubierto y mi hoja se hundió en él como si fuera de arcilla. Puesto que no me fiaba de ella mientras se mantuviera en pie, arranqué el arma rápidamente, pero su mano, que tanteaba en busca de la daga, carecía de fuerzas y regueros de color escarlata se deslizaban sobre el pelo blanco de la yegua. La mujer se tambaleó. Me apeé para recogerla antes de que cayera al suelo.
Su peso me hizo desplomarme también y me arrodillé con su cabeza y hombros en los brazos mientras trataba de tomarle el pulso. Aún no había muerto, pero su sombra estaba a punto de abandonarla. Me miró con sus ojos de un azul tan claro como el agua bajo los rayos del sol.
—Rogué por que fueses tú —me dijo.
—El rey debe morir a manos del enemigo más digno y tú eres la reina de Escitia —le respondí.
—Te agradezco que concluyeras tan de prisa para que no se advirtiera mi inferioridad de fuerzas y te absuelvo de mi muerte en nombre de la Doncella Arquera.
Sufrió un estertor mortal pero siguió moviendo los labios. Me incliné para a escuchar sus palabras.
—Cuando la reina muere bajo el hacha debe insuflar su último aliento en boca de su ejecutor, que reinará después de ella.

Aunque la interrumpió la tos se esforzó por proseguir.
—Toma mi aliento. Toma mi espíritu hasta que también tú seas una sombra y yo deba reclamártelo.
Pese a tener la boca llena de sangre me transmitió su aliento con sus últimas fuerzas y murió. Roto el hechizo, la deposité cuidadosamente en el suelo y me levanté. Sus guerreras arremetieron contra mí con gritos de dolor y desesperación, pero los mirmidones se interpusieron entre nosotros y tuve la oportunidad de salir del campo con mi yegua e ir al encuentro de Automedonte. Aquella estructura de madera y cuero era un premio más valioso que los rubíes. 



Colleen McCullough, La canción de Troya.
Versión disponible en pdf:
La canción de Troya, pdf

lunes, 25 de junio de 2018

LA CANCIÓN DE TROYA

Pedro Conde Sturla

“La Ilíada” describe poéticamente un episodio de la mitológica guerra de Troya, el de la cólera de Aquiles. “La canción de Troya”, de la escritora australiana Colleen McCullough (1937-2015), narra la historia completa, más que completa, porque se remonta a una época anterior y culmina con el saqueo e incendio de la portentosa ciudad. Además Colleen McCullough interpreta los hechos a su antojo, incorpora personajes, situaciones y numerosas variantes. Cosas que en otras fuentes son apenas sugeridas, aquí son explícitas. Ulises y Diómedes son amantes. Aquiles y Patroclo son novios. Briseida y Aquiles son novios.
En “La Ilíada”, el narrador es el poeta omnisciente, con ayuda de los dioses o de la diosa. En “La canción de Troya” la autora se vale de un artificio y pone la narración en boca de los personajes protagónicos. En ambos casos el relato es una fantasía coral. En ningún caso es una glorificación de la guerra.
Lo que se propone McCullough es quizás la disección de la guerra, abominación de la guerra realizada por una profesional brillante de la medicina (una extraña neuróloga con sangre irlandesa por parte de padre y ascendencia maorí por parte de madre). Agamenón cree que la conquista de Troya será fácil y rápida, pero Ulises se hace el loco y Aquiles se disfraza de mujer para tratar, sin éxito, de evadir el reclutamiento, y mucho antes del final de la contienda la mayoría de los guerreros están hartos de tanto derramamiento de sangre. El veterano Néstor pierde cinco de sus siete hijos.
El capítulo veintisiete, narrado por Aquiles (uno de los más relevantes), describe o autodescribe a un héroe cansado y más que cansado abatido, deprimido, sumergido en una pesadumbre sin fondo. Llora por los amigos que ha perdido, sobre todo por Patroclo, y llora por los enemigos que ha mandado al otro mundo, a los que una vez odiaba y ya no puede odiar. Y llora también por sí mismo.
—¡Oh Briseida! ¡Me siento destrozado hasta las mismas raíces! ¡Nunca hasta este momento había sentido el viento con tanta viveza, percibido con tal intensidad el olor de la vida, visto las estrellas tan claras, tan tranquilas!
El enfrentamiento con las amazonas, y en particular con la reina Pentesilea, retrata un poco de cuerpo entero su peculiar estado de ánimo y se cuenta entre las cosas más interesantes y originales de la obra de Colleen McCullough. Una recreación de “La Ilíada” tan apasionante como la original. 

La Canción de Troya
Capítulo veintisiete, narrado por Aquiles
Colleen McCullough

Los troyanos dedicaron doce días a llorar la muerte de Héctor. Durante ese tiempo llegó Pentesilea, reina de las amazonas, con diez mil guerreras a caballo. Otra razón para que afilásemos nuestras armas.
La curiosidad engrasó nuestras piedras de amolar porque aquellas peculiares criaturas vivían completamente dedicadas a Artemisa la doncella y a un Ares asiático. Residían en las fortalezas de Escitia, al pie de las montañas de cristal que traspasan el techo del mundo; cabalgaban en enormes caballos por los bosques, donde cazaban y merodeaban en nombre de la doncella. Existían bajo el pulgar de la diosa tierra en su primera triple entidad —doncella, madre, anciana—, y gobernaban a sus hombres como las mujeres en nuestra parte del mundo antes de que la Nueva Religión sustituyera a la Antigua. Porque los hombres habían descubierto un hecho vital: que la semilla masculina era tan necesaria para la procreación como la mujer que cultivaba el fruto. Hasta que se realizó tal descubrimiento, el hombre estaba considerado como un lujo costoso.
La sucesión de las amazonas radicaba totalmente en la línea femenina; sus hombres eran bienes muebles que ni siquiera iban a la guerra. Los primeros quince años de la vida de una mujer después de haber alcanzado sus reglas estaban exclusivamente dedicados a la diosa doncella. Luego se retiraba del ejército, tomaba esposo y engendraba hijos. Sólo la reina se mantenía célibe, aunque renunciaba al trono durante el mismo tiempo en que las restantes mujeres abandonaban el servicio de Artemisa la doncella y, en lugar de tomar esposo, caía bajo el hacha como sacrificio para su pueblo.
Lo que ignorábamos acerca de las amazonas nos lo contó Ulises; parecía tener espías por doquier, incluso al pie de las montañas de cristal de Escitia. Aunque, desde luego, lo que más nos consumía era el hecho de que las amazonas cabalgaran en caballos. Nadie más lo hacía; ni siquiera en el lejano Egipto. Era difícil sentarse en un caballo porque tenían la piel resbaladiza y las mantas no podían sujetarse sobre ella; la única parte que solía utilizarse del animal era la boca, en la que podía introducirse un bocado unido a un arnés y a las riendas. Por consiguiente, la gente los utilizaba para arrastrar carros. Ni siquiera podían emplearse para tirar de las carretas porque el yugo los estrangulaba. ¿Cómo podían pues cabalgar en aquellos animales para conducirlos a la lucha?
Mientras los troyanos lloraban a Héctor nosotros descansamos preguntándonos si alguna vez volveríamos a verlos fuera de sus murallas. Ulises seguía confiando en que saldrían pero los demás no estábamos tan seguros.
El día decimotercero me vestí la armadura que Ulises me había regalado y descubrí que era mucho más ligera. Cruzamos los caminos superiores entre la oscuridad del alba; infinitas hileras de hombres avanzando con dificultades por la llanura mojada por el rocío, con algunos carros al frente. Agamenón había decidido instalar sus tropas en un frente de una media legua desde la muralla troyana adyacente a la puerta Escea.
Nos estaban aguardando, no tantos como antes, pero más numerosos que nosotros. La puerta Escea ya estaba cerrada.
La horda de las amazonas estaba situada en el centro de la vanguardia troyana; mientras aguardaba a que nuestras alas concluyeran su formación, me senté en el borde lateral de mi carroza y las estuve observando. Montaban en grandes bestias peludas de una raza que me era desconocida, con feas cabezas aquilinas, crines y colas peladas y cascos peludos. Eran de color uniformemente bayo o castaño, salvo uno de ellos de un blanco precioso situado en el centro, que sin duda pertenecería a la reina Pentesilea. Pude observar la habilidad con que se sostenían sobre sus monturas; ¡muy inteligente! Cada guerrera acomodaba sus nalgas y caderas en una especie de estructura de cuero sujeta bajo el vientre del caballo, de modo que se mantenía firmemente en su sitio.
Aunque lucían cascos de bronce, por lo demás iban ataviadas con cuero resistente y se cubrían desde la cintura hasta los pies con una especie de tubos también de cuero atados con correas desde los tobillos hasta las rodillas. Calzaban suaves botines. Las armas preferidas eran evidentemente el arco y las flechas, aunque algunas ceñían espadas.
En aquel momento sonaron los cuernos y tambores que anunciaban el inicio de la batalla. De nuevo me erguí en mi puesto empuñando a Viejo Pelión (una lanza, pcs), cubriendo cómodamente mi hombro izquierdo con el escudo. Agamenón había concentrado todos sus carros, lamentablemente escasos, en la vanguardia, frente a las amazonas.
Podía haberla superado largamente por mi fortaleza pero odiaba ver su orgullo humillado. Pensé que era mejor concluir con aquella situación de una forma rápida y honrosa. Cuando comprendió que su suerte estaba echada, fijó sus ojos en los míos y asintió de una manera tácita, pero aún intentó una última y desesperada estratagema. El caballo blanco se encabritó retorciéndose mientras caía y chocaba con mi montura con tal ímpetu que la hizo tropezar y le resbalaron los cascos. Mientras la sostenía con la voz, la mano izquierda y los talones, el hacha de mi enemiga descendió. Yo levanté a mi vez la mía para detenerla y desviarla a un lado, y entonces no vacilé. Su costado estaba descubierto y mi hoja se hundió en él como si fuera de arcilla. Puesto que no me fiaba de ella mientras se mantuviera en pie, arranqué el arma rápidamente, pero su mano, que tanteaba en busca de la daga, carecía de fuerzas y regueros de color escarlata se deslizaban sobre el pelo blanco de la yegua. La mujer se tambaleó. Me apeé para recogerla antes de que cayera al suelo.
Su peso me hizo desplomarme también y me arrodillé con su cabeza y hombros en los brazos mientras trataba de tomarle el pulso. Aún no había muerto, pero su sombra estaba a punto de abandonarla. Me miró con sus ojos de un azul tan claro como el agua bajo los rayos del sol.
—Rogué por que fueses tú —me dijo.
—El rey debe morir a manos del enemigo más digno y tú eres la reina de Escitia —le respondí.
—Te agradezco que concluyeras tan de prisa para que no se advirtiera mi inferioridad de fuerzas y te absuelvo de mi muerte en nombre de la Doncella Arquera.
Sufrió un estertor mortal pero siguió moviendo los labios. Me incliné para a escuchar sus palabras.
—Cuando la reina muere bajo el hacha debe insuflar su último aliento en boca de su ejecutor, que reinará después de ella.
Aunque la interrumpió la tos se esforzó por proseguir.
—Toma mi aliento. Toma mi espíritu hasta que también tú seas una sombra y yo deba reclamártelo.
Pese a tener la boca llena de sangre me transmitió su aliento con sus últimas fuerzas y murió. Roto el hechizo, la deposité cuidadosamente en el suelo y me levanté. Sus guerreras arremetieron contra mí con gritos de dolor y desesperación, pero los mirmidones se interpusieron entre nosotros y tuve la oportunidad de salir del campo con mi yegua e ir al encuentro de Automedonte. Aquella estructura de madera y cuero era un premio más valioso que los rubíes. 



Colleen McCullough, "La canción de Troya".

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