sábado, 29 de agosto de 2020

El forastero misterioso (2)

Pero Conde Sturla
28 agosto, 2020
En el pueblo de Eseldorf —el pueblo de burros, como su nombre en alemán indica— las autoridades tenían buenas razones para negarle “a la gente común” el acceso a la educación, al conocimiento. El conocimiento produce inconformidad y la inconformidad es enemiga jurada de la paz social. Conduce al desorden, a la ruina.

Eso fue lo que estuvo a punto de suceder cuando se apareció en la comarca una mujer husita, una seguidora de Jan de Hus. Juan Hus había muerto en la hoguera por ponerse “a favor de la libertad de prédica, de la pobreza en el clero y del castigo de los pecados mortales a todos los miembros de la sociedad, sin distinción de rangos”. Era un hereje. Y la mujer se “dedicó a embaucar a la gente”, a emponzoñarles el alma con sus enseñanzas perversas, demoníacas, igualitarias. Desde que abrió la boca empezó a atentar contra el orden constituido en el manso pueblo de Eseldorf, a sembrar la manzana de la discordia:
“Primero convenció a algunos ignorantes y estúpidos para que fueran en secreto de noche a su casa y escucharan ‘el verdadero mensaje de Dios’, como decía ella . Era una mujer astuta y seleccionó a los pocos que sabían leer. Los aduló, les hizo creer que eso demostraba su inteligencia y que sólo los inteligentes podían entender su doctrina. Llegó a reunir a diez y los fue envenenando noche a noche en su casa con sus herejías . Les entregó los sermones husitas, todos por escrito, para que los guardaran, y los convenció de que leerlos no era pecado”.
Una de las víctimas de la insidiosa husita era “Gretel Marx, la viuda del lechero, que tenía dos caballos y un carro y llevaba leche a la feria del pueblo” y estuvo a punto de quedar en la ruina a causa de la disconformidad que en su alma había plantado la mujer husita.
Por suerte para ella, se cruzó en su camino el santo padre Adolf que la condujo de nuevo por la senda de la salvación. El padre Adolf es un personaje de antología. El narrador lo describe venenosamente de forma ambigua, irónica, le atribuye virtudes que sus vicios desmienten, lo acusa de ser profano, disoluto y maligno y a la vez un buen hombre: un perverso buen hombre:
“El padre Adolf era un sacerdote gritón, ferviente y enérgico, y trataba de ganar renombre porque quería llegar a ser obispo. Se lo pasaba espiando y vigilando atentamente los rebaños ajenos y los propios. Era disoluto, profano y maligno pero en general se pensaba que, de no ser por eso, era un buen hombre. Y tenía talento, sin duda . Era un orador elocuente y vivaz”.
El hecho es que “Un día pasó el padre Adolf y encontró a la viuda Marx sentada a la sombra del castaño que había junto a su casa, leyendo (...) iniquidades”: los textos husitas. El santo padre estaba borracho y contento, como era su costumbre, más no por eso dejaba de sentirse depositario de la verdad y autoridad
divinas.
“... venía caminando por el sendero, luego de beberse varios jarros. Se sentía bien y canturreaba ‘alabemos al vino y a las doncellas’ con su voz potente de bajo, cuando vio a la viuda Marx concentrada leyendo su libro. Se detuvo frente a ella y se quedó ahí, balanceándose y mirándola de refilón con sus ojos saltones. Su cara roja y gorda estaba transpirada . Hizo una mueca de disgusto y dijo:
“−¿Qué tiene ahí, Frau Marx? ¿Qué lee?
“Ella le mostró . Él se inclinó y echó un vistazo, después le arrancó los escritos de la mano y ordenó con ira: −¡Quémelos, quémelos, idiota! ¿No sabe que leer esto es pecado? ¿Quiere condenar su alma? ¿De dónde los sacó?
“Cuando ella le contó, el padre Adolf dijo:
“−Es lo que pensé. Ya me voy a ocupar de esa mujer .
“Le voy a hacer la vida imposible. Usted va a sus reuniones, ¿verdad? ¿Y qué le enseña, le enseña a adorar a la Virgen?
“−No, sólo a Dios.
“−Lo sabía. Usted se va a ir al infierno. La Virgen va a castigarla por esto.
Acuérdese de lo que le digo .
“Frau Marx se asustó. Quiso justificarse, pero el padre Adolf le dijo que cerrara la boca y siguió atormentándola. Le contó lo que le haría la Virgen hasta que, a punto de desmayarse de miedo, ella se arrodilló y le rogó que le dijera qué hacer para que la Virgen la perdonara. El padre Adolf le impuso una dura penitencia, la sermoneó un poco más y después retomó su canto donde lo había interrumpido y se alejó balanceándose en zigzag”.
El padre Adolf también había tenido que ver con lo sucedido al padre Peter: una cosa en verdad terrible. El padre Peter, después de años de impecables servicios a la comunidad, se había descarriado. Siempre “se limitaba a predicar desde el púlpito exactamente lo que la Iglesia requería y nada más”, pero en algún momento —según informó el padre Adolf al obispo— empezó a disvariar, a decir locuras, cosas sin sentido y desproporcionadas acerca de Dios, a contradecir las creencias más firmes de la santa madre iglesia. Decir disparates sobre la salvación y la bondad de Dios:
“Pero el cura que nosotros más queríamos y que más lástima nos daba era el padre Peter. El obispo lo había suspendido por andar diciendo que Dios era todo bondad y que encontraría una manera de salvar a todos sus pobres hijos humanos. Era algo terrible, no se hallaron pruebas contundentes de que el padre Peter lo hubiera dicho y además no iba con su personalidad porque era un buen cristiano, siempre fue bueno, gentil y sincero y se limitaba a predicar desde el púlpito exactamente lo que la Iglesia requería y nada más. Cuando lo acusaron no fue por decirlo en el púlpito (en ese caso toda la congregación habría escuchado y testificado) sino afuera, en una conversación, y a sus enemigos les resultó fácil inculparlo. El padre Peter lo negó pero no importó. El padre Adolf quería quedarse con su puesto y le juró al obispo que alcanzó a oír al padre Peter cuando se lo decía a la sobrina mientras él escuchaba detrás de la puerta −porque sospechaba de la integridad del padre Peter, dijo, y los intereses de la religión requerían que él espiara”.
El pecado del padre Peter era inexcusable. Con sus afirmaciones sobre la bondad de Dios le estaba dañando el negocio a los mercaderes del templo, a los intermediarios, a los que vivían de perdonar y condenar en nombre de Dios. A los que suplantaban a Dios.
En la versión espuria y santurrona de “El forastero misterioso”, la del albacea de Mark Twain, no aparece la historia de la predicadora husita y los chismes sobre el padre Peter no llegan al oído del obispo por medio del intrigante padre Adolf. Tampoco se lo describe ni ridiculiza en términos de ambicioso o intrigante. En sustitución del padre Adolf figura un maligno astrólogo como causante de la caída del padre Peter o Pedro:
“El padre Pedro tenía un enemigo, un enemigo muy poderoso, a saber: el astrólogo que vivía, allá en el fondo del valle, en una vieja torre derruida, y que pasaba las noches estudiado las estrellas. Todos sabían que ese hombre era capaz de anunciar por adelantado guerras y hambres, cosa que, después de todo, no era muy difícil, porque por lo general había siempre una guerra o reinaba el hambre en alguna parte. Pero sabía también leer por medio de las estrellas, y en un grueso libraco que tenía la vida de cada persona, y descubría los objetos de valor perdidos; todo el mundo en la aldea, con excepción del padre Pedro, sentía por aquel hombre un gran temor. Incluso el padre Adolfo, el mismo que había desafiado al demonio, experimentaba un sano respeto por el astrólogo cuando cruzaba por nuestra aldea luciendo su sombrero alto y puntiagudo y su túnica larga y flotante adornada de estrellas, con su libraco a cuestas y con un callado, del que se sabía que estaba dotado de un poder mágico”.
(Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (15): El forastero misterioso).


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sábado, 22 de agosto de 2020

El forastero misterioso (1)

Pedro Conde Sturla
21 agosto, 2020
Edición original o restaurada de El forastero misterioso. Fuente externa

“El forastero misterioso” es el último libro que Mark Twain no escribió ni publicó: que no terminó de escribir. Trató de hacerlo varias veces, por lo menos tres veces de tres maneras diferentes durante largos años y no pudo finiquitar la tarea satisfactoriamente. Las dos primeras versiones de la historia quedaron inconclusas y todas tienen como personaje a un encantador e inquietante hijo o sobrino de Satán. La primera se conoce con el nombre de “Crónica del joven Satán”, la segunda se llama”Schoolhouse Hill”. La tercera tiene un título más largo y pomposo: “44, El forastero misterioso: Antiguo relato hallado en un jarro y contado a boca de jarro”.
Twain la dio por terminada en 1908, a pesar de que aparentemente había algunos cabos sueltos y no estaba del todo complacido. (Hay quien sostiene que la obra “todavía tiene muchos defectos y es discutible si se puede considerar terminada”). Quizás el mismo Twain sentía que no estaba del todo acabada, en la manera en que se lo había propuesto, no colmaba todas sus aspiraciones. Además el contenido era 
socialmente explosivo, irreverente, blasfemo. El hecho es que  dio instrucciones para que no fuera publicada mientras  viviera.

En 1916, seis años después de su muerte, “El forastero misterioso” salió a la luz y se vendió como pan caliente. Pero era otro forastero. Parcialmente otro forastero misterioso. El albacea de Mark Twain (“la persona encargada de hacer cumplir la última voluntad de un difunto y de custodiar sus bienes hasta que se repartan entre los herederos”) se había confabulado con la única hija superviviente de Twain y un editor religioso para editar una versión edulcorada de la obra.
Albert Bigelow Paine, el albacea de marras, que estaba en posesión de sus escritos, mutiló una cuarta parte del libro, todo lo que para él eran irreverencias y profanaciones y armó una especie de Frankenstein, añadiéndole retazos de “Crónica del joven Satán” y un final alterado o adulterado. Por sí fuera poco, introdujo un personaje de su invención, un astrólogo diabólico al que le atribuye muchas de las fechorías que Mark Twain acredita al muy maligno y sinvergüenza padre Adolf. Aun así, la mayor parte de las cosas esenciales de la obra de Twain permanecen inalterables, aunque eso no disculpa el fraude.
Para peor, nada de esto se supo hasta después de la muerte del albacea en 1937, cuando los manuscritos fueron dados a conocer a los estudiosos. Se descubrió, entonces, entre muchas otras cosas, que había una mezcla de personajes “de versiones distintas de la historia” y “que hasta los nombres originales habían sido tachados y escritos con la letra de Paine”.
Finalmente, en 1969, casi sesenta años después de la muerte del autor, la University of California Press realizó una edición facsímil del texto con el título “No. 44, The Mysterious Stranger”.
Años más tarde, el controvertido crítico Lorin Stein recordaría “la lista de espera que había en la biblioteca para leerlo cuando recién entraba en la universidad y apareció la edición restaurada de 44. Telepatía viajes en el tiempo una imprenta clandestina en un castillo abandonado y la voz narradora de un adolescente que sonaba como el mejor Mark Twain. Era el libro perfecto”.
En una de las reseñas de una edición del libro puede leerse lo siguiente: “Esta edición rescata (...) el texto original y muestra a Twain en su máximo esplendor. Leerlo es ponerse en sus zapatos: uno puede deslizarse gozoso por su superficie como si patinara sobre hielo y al mismo tiempo ver con escalofríos los monstruos que yacen debajo de esa capa de hielo”.
Lamentablemente —como dice Juan Forn en el prólogo de una de las mejores traducciones de la obra al español— “nadie ajeno al mundo académico se enteró, razón por la cual hasta el día de hoy son más los lectores que conocen El forastero misterioso que los que saben de la existencia de 44 . El último gran libro de Mark Twain lleva un siglo escondido debajo de una copia vil, que huele a santurronería y a humo de Inquisición”.
(https://planetadelibrosuy0.cdnstatics.com/libros_contenido_extra/38/37785_44Forastero_PrimerCap.pdf).
La historia de “44, El forastero misterioso” (narrada en primera persona por un adolescente), se desarrolla en el adormecido pueblo austríaco de Eseldorf: “pueblo de burros” en alemán.
Esa Austria de 1490 “estaba alejada del mundo, y dormida. La Edad Media continuaba y prometía quedarse para siempre . Algunos retrocedían unos cuantos siglos más y calculaban que, según el reloj mental y espiritual, Austria estaba todavía en la época de las Cruzadas”.
Es un país cualquiera, no necesariamente Austria, un reino de oscurantismo y de prejuicios, dominado por la superstición, por la iglesia y por los príncipes o por cualquier otra forma de autoridad. Desde las altas esferas del poder hay un recelo, una desconfianza, un miedo visceral a la inconformidad que podría generar el conocimiento. La educación se reduce a lo elemental. Todos los habitantes, con excepción de los poderosos, son instruidos en la más docta ignorancia:
“Eseldorf era un paraíso para los niños. No nos molestaban demasiado con los estudios. Nos educaban, más que nada, para que fuéramos buenos católicos y veneráramos a la Virgen, la Iglesia y los Santos por sobre todas las cosas; para que reverenciáramos al Monarca con temor sagrado, lo nombrásemos con el corazón en la boca, nos descubriésemos ante su imagen y reconociéramos que él era el bondadoso proveedor de nuestro pan de cada día y de todas las bendiciones terrenales porque nosotros habíamos venido al mundo para cumplir con la misión de trabajar por él, sangrar por él y, si era necesario, morir por él. No pretendían que supiéramos mucho más, y de hecho no nos dejaban. Los curas decían que el conocimiento no era bueno para la gente común porque podía conducir a la disconformidad con los designios de Dios, y que Dios no toleraba la disconformidad con Sus planes. El Obispo se lo había dicho a los curas, así que era cierto”.
Lo que se ha dicho hasta aquí es tan importante como lo que no se ha dicho. Con muy pocas palabras y apenas un barniz del más sutil humor y la más fina ironía, el autor ha bosquejado el primer capítulo de una de sus obras maestras, una de las más importantes y menos conocida. Un libro negro, ácido y truculento, provocador y devastador.
(Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (14): El forastero misterioso).


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viernes, 14 de agosto de 2020

Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (13): Un bosquejo de familia

Pedro Conde Sturla
14 agosto, 2020
Subasta de esclavos en EUA

La época que Mark Twain describe en “Un bosquejo de familia” corresponde a un periodo de bonanza en el que la familia vivía en una casa enorme con un pequeño ejército de empleados domésticos. Mark Twain llegó a obtener ganancias fabulosas con la venta de sus libros y escritos, pero siempre se las arreglaba para perderlo todo en alguna empresa no necesariamente disparatada. Los tiempos de vacas gordas alternaban con otros de carestía en los que se veía obligado a emprender, bajo contrato, giras interminables por el extranjero, dictando charlas o conferencias que cautivaban al auditorio gracias a sus extraordinarias dotes de expositor culto y ameno. Su fama de charlista era tan grande como su fama de escritor y eso le permitía vivir del cuento. Literalmente del cuento, de sus charlas o disertaciones siempre graciosas, enjundiosas, amenas.

Entre los muchos personajes de “Un bosquejo de familia” sobresale una niñera llamada Rosa, a la que Dios “había hecho en alemán”, y un cochero llamado Patrick que salvó de morir asfixiadas a las niñas de Twain. Pero las que me han llamado más la atención son dos nodrizas y el tipo de alimentación que suministraban a su enfermiza hija Bay y a sus dos hermanas. Una de ellas se llamaba Maria McLaughlin y “era un diablo profano, dado al whisky, al tabaco y a numerosos otros vicios:
“Maria mascaba, fumaba, decía palabrotas usando un lenguaje obsceno en la cocina, robaba la cerveza del sótano y se emborrachaba a menudo, y era una tipa complicada en todos los aspectos; pero Bay mejoró gracias a sus vicios, y bastante rápido”.
Lo que Mark Twain cuenta más adelante desafía a la imaginación y hace que uno albergue dudas sobre la salud mental del escritor. Permitir que una nodriza borracha amamante a su hija es algo que sólo a Mark Twain podía ocurrírsele:
“Maria llegó a casa sobre las once esa noche, tan llena como un huevo y asimismo falta de equilibrio. Pero Bay estaba tan vacía como la otra llena, así que después de una toma de veinte minutos el estómago de Bay estaba bien repleto de un ponche lácteo hecho de cerveza, whisky barato, ron y un brandy horroroso, además de estar sazonado con tabaco de mascar, humo de puro y blasfemia, y las dos quedaron pomposamente piripis y felices. A Bay nunca le sentó tan bien la leche de una nodriza como la de Maria, ya que ninguna otra tenía tal sustancia”.
Otra nodriza de antología, que más bien parece personaje de “Gargantúa y Pantagruel”, era una irlandesa “con una vena egipcia muy poderosa”:
“No hubo nunca una nodriza como esa —¡la única, la sublime, la inalcanzable!—. Se erguía un metro ochenta desde las medias hasta arriba, tenía una forma y un contorno perfectos, el pelo de color cuervo, negro como el de un indio, majestuoso, cargaba con su cabeza como si fuera una emperatriz; tenía el porte militar los andares de un granadero, y las agallas y la fuerza de todo un batallón”.
Nueva vez uno se pregunta si Mark Twain estaba cuerdo o hablaba en serio cuando lee la descripción de la portentosa egipcia a la que confiaba la alimentación de su hija Clara. ¡Existiría de verdad semejante personaje o es fruto de la imaginación desbordada de Mark Twain? Lo más probable es que se trate de un personaje real con ciertos toques y retoques más o menos surrealistas:
“Tenía una salud de hierro, el apetito de un cocodrilo, el estómago como una bodega y la digestión de un molino de cuarzo. Burlándose de la máxima adamantina que dictaba que una nodriza debía solo participar de cosas delicadas, ella devoraba cualquier cosa y todo lo que pudiera acaparar con sus manos, engullendo diabólicas combinaciones de cerdo fresco, pastel de limón, col hervida, helado, manzanas verdes, intestinos, rábanos crudos, regando todo esto con torrentes de café, té, brandy, whisky, aguarrás, queroseno —cualquier cosa que fuera líquida—. Fumaba pipas, puros, cigarrillos; gritaba de alegría como un Pawnees y blasfemaba como un demonio; y era así como subía las escaleras bien atiborrada como he descrito para deleitar al bebé con un banquete que debería haberlo matado a treinta yardas de distancia, pero que en cambio solo lo alegraba, engordaba, contentaba y embriagaba. Ninguna criatura salvo esta fue nunca tan bien servida. La giganta saqueaba mis reservas de tabaco y cigarrillos cada día; ninguna bebida estaba a salvo de ella si te despistabas un momento; y además de las grandes cantidades de licores fuertes que ella compraba en el centro de la ciudad cada día y que consumía, se bebió doscientas cincuenta y seis botellas de medio litro de cerveza en nuestra casa durante un mes, ¡y eso que ese fue el mes más corto del año! Lo que cuento parece imposible, pero solo me ciño a los hechos. Ella era una maravilla, un portento, esa egipcia”.
Más que un cuadro, un paisaje humano, “Un bosquejo de familia” es un poco también una radiografía del drama de una época de grandes esperanza, grandes tragedias y grandes hipocresías y frustraciones en lo que José Martí describió como el “Norte revuelto y brutal”. Mark Twain no se limita a pasar revista a las venturas y desventuras familiares. El drama de la esclavitud, aparentemente superado, tenía raíces profundas y otras formas de esclavitud estaban surgiendo. Un simple relato, el relato de la tía Rachel, una madre, una esclava negra, una liberta que cuenta cómo ella y toda su familia fueron vendidas en pública subasta, pone al desnudo esas raíces, el entramado de odio visceral sobre el que se sostenía una sociedad esclavista e intolerante.
“Y bien, un día de estos mi vieja ama dice que está sin un céntimo y tiene que vender a todos los negros del lugar. Y cuando yo me entero de que nos van a vender a todos en una subasta en Richmond... ¡Oh por Dios, y tanto que sabía lo que eso significaba!”. [La tía Rachel se había ido levantando a medida que contaba la historia y ahora se erguía sobre nosotros como una torre, una negrura que tapaba las estrellas).
‘“Nos pusieron cadenas y nos dejaron sobre una tarima tan alta como este porche —seis metros, y toda la gente nos rodeaba, una multitud sin fin. Y se acercaban y nos miraban, apretaban un brazo, nos hacían levantar y dar unos pasos y decían ‘esta es demasiado vieja’, ‘esta, débil’ o ‘esta no sirve para mucho’. Y vendieron a mi propio marido, y se lo llevaron, y empiezan a vender a mis niños y se los llevan, y yo empiezo a llorar; y el hombre dice ‘cállate tú, llorica’, y me golpea en la boca con su mano. Y cuando ya todos se han ido menos mi pequeño Henry, lo agarro y lo acerco a mi pecho, y me levanto y grito: ‘No me lo quitarán’, grito: “;Mataré a quien le ponga una mano encima!’, grito. Pero mi pequeño Henry me susurra y dice, ‘me voy a escapar, y luego trabajaré y te compraré la libertad’. Oh, que Dios bendiga al muchacho, él siempre tan bueno. Pero lo atraparon -lo hicieron, aquellos hombres lo atraparon, pero yo les arranqué las ropas y les di en la cabeza con mis cadenas, y ellos me devolvieron los golpes, pero poco me importó. Ya ve, mi esposo ya no estaba, ni ninguno de mis hijos los siete, y a seis de ellos no les he vuelto a ver la cara a día de hoy, y de esto hace veintidós años”.
Lo estremecedor del relato contrasta con la sencillez de las palabras. Unas palabras sencillas, sin maquillaje, para describir la desgarradora realidad de la tragedia. Una tragedia tanto más terrible en cuanto formaba parte de la cotidianidad de Richmond, Virginia, y de los demás estados del Sur durante la primera mitad del siglo XIX. Una simple subasta, rutinaria, para los negreros del sur. Una tragedia devastadora para una madre a la que le arrancan el alma junto con los hijos y el marido.



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sábado, 1 de agosto de 2020

Besos de fuego

Pedro Conde Sturla
03-08-2020 


A mi agradecida lectora y ex alumna        
Nadia Mirqueya Barinas Soñé


El beso, óleo de Gustav Klimt

En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado "Cinema paradiso"—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la  intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera  elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación. Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.
Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.
El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama "Besos de fuego" y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada "Bésame mucho", un famoso óleo de  Gustav Klimt llamado "El beso" y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra 'Quíntuples", de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de Fuego. Un enano llamado Besos de Fuego, qué ocurrencia.
Además, recientemente descubrí un blog titulado "Todos los besos", un "Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor". Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de "besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...".
Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema "Flirt". Sólo se que es el autor de ese poema "perteneciente al libro "Antología de la reminiscencia", de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e." y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas ("un beso es una rosa que se exprime en los labios", "puede perderse un beso como se pierde un guante"):
"Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y  expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al  cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en  mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?"
"Metamorfosis", de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere,  un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en  el "voluble giro" que  el poeta imprime a la mano que huyó  "hasta el confín lejano", en "el beso que volaba tras la mano," y "rompiendo el aire, se volvió suspiro". Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:
"Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro".
Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema "Besos", y quizás nadie como ella enseñó a besar con "besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria," con "besos que se dan con la mirada", con  "besos que se dan con la memoria". Son algunos de los versos más intensos y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir":
"Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos / inventados por mí, para tu boca".


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