viernes, 25 de junio de 2021

La noche quedó atrás

Pedro Conde Sturla

25 junio, 2021

Aquel poema al inicio de aquel libro me produjo una emoción parecida a una conmoción, un sacudimiento visceral. Era un poema desafiante, de William Ernest Henley, al que alguien le puso un título que el autor no le había puesto: “Invictus”. Un título preciso, impecable, que se corresponde perfectamente con el sentido del poema. Ha sido traducido muchas veces al español y de alguna manera conserva su fuerza. La versión que siempre he preferido es la que aparece a manera de epígrafe en aquel libro:

“La noche quedó atrás pero me envuelve /negra como un abismo entre ambos polos, /doy gracias a los dioses cualesquiera sean / por mi espíritu indómito”.

“No importa cuán estrecha sea la puerta / ni que me halle abrumado de castigos, / soy capitán triunfante de mi estrella / y el dueño de mi espíritu”. (Traducción de Juan Rodríguez Chicano)

Aquel libro, en el que aparecía aquel poema a manera de epígrafe (el poema que le da el título al libro, “La noche quedó atrás”), me cambió la vida para siempre y no creo que haya dejado indiferente a ningún lector. De hecho, tanto el libro como el poema han producido impresiones indelebles en las más variopintas personalidades del siglo XX, desde Franklin Delano Rooselvelt a H. G. Wells, pasando por Jack Kerouac, Hannah Arendt, Vargas Llosa, Mandela y tantos otros.

Rooselvelt se prodigó en elogios, dijo que era el “libro más terrible y sensacional” que había leído. Nelson Mandela recitaba el poema en sus horas más oscuras durante sus veintisiete años de prisión en una cárcel de Sudáfrica. Vargas Llosa estuvo a punto de convertirse en comunista después de leerlo. Salió en busca de los comunistas, según sus propias palabras, y al cabo de muchos años de involución política terminó haciendo campaña a favor de la narco candidata Keiko Fujimori:

“Yo leí a Jan Valtin en quinto año de media cuando estaba en Piura en casa de mi tío Lucho. Ese libro me impresionó tremendamente. Recuerdo el poema [de William Ernest Henley al comienzo del libro: “La noche quedó atrás..., pero me envuelve/ negra como un abismo entre ambos polos;/ doy gracias a los dioses, cualesquiera que sean,/ por mi espíritu indómito.” La historia de este comunista, su vida clandestina en la Alemania de Hitler me marcó mucho. Yo creo que esa lectura fue fundamental para que yo pensara que los comunistas iban a salvar al Perú, nos iban a liberar de la dictadura de Odría. Entré a San Marcos seguramente porque creía que los comunistas estaban allí y que yo debía hacer contacto con ellos”.

Lo menos que puede decirse es que “La noche quedó atrás” es un libro arrollador, absorbente, que sumerge al lector en un mundo de pesadilla: el de la primera mitad del siglo XX en Europa y otras regiones del mundo. Lo escribió Richard Krebs, con el pseudónimo de Jan Valtin, y lo publicó en 1941 con un enorme éxito de venta. Hasta no hace mucho tiempo concitaba el entusiasmo de millones de lectores, pero la fama y el éxito son perecederos y la obra, sobre todo después “del fin de la historia”, comenzó a enfriarse y ya no parece tener mucho que decir a las nuevas generaciones. En especial a las nuevas generaciones de chateadores.

Desde la derecha la obra ha sido celebrada como “el mejor retrato del fanatismo político jamás escrito”, como una vulgar denuncia, la historia de un renegado, de una gran ilusión, un gran engaño, un gran desengaño,una gran estafa. Para peor, y a pesar de que el nazismo es la forma más perversa del capitalismo, desde esa misma derecha se quiere hacer creer que la obra pretende vender la idea de que el socialismo y el fascismo son la misma cosa. Desde la izquierda estalinista, por supuesto, se afirma que no es más que la biografía de un traidor, de una vulgar traición a la causa.

Pero “La noche quedó atrás” no es meramente la biografía del autor del libro, es la biografía de una época. Richard Krebs se entregó ciertamente a la causa del socialismo con la devoción de un fanático, de fanatismo ciego, pero era sobre todo un idealista, uno de esos soñadores que estaba dispuesto a entregar todo por su sueño, alguien que vivió por la revolución y el amor las ansias de redención de la humanidad en una época que se tragó todas las ilusiones y que surgió de una monstruosa conflagración bélica que dio origen a otra, a la más grande conflagración bélica que ha conocido la humanidad, al suicidio de Europa. A lo que Víctor Hugo hubiera llamado una guerra civil.

Desde la primera página, el libro nos seduce por la delicadeza y limpieza de una narración desprovista en todo momento de melodrama y extrañamente apacible. Reina la calma, pero es una calma inestable que antecede a la tormenta. El protagonista se retrata de cuerpo entero con unos cuantos trazos de antología y la tensión empieza a acumularse. Algo está por pasar y pasará:

CAPÍTULO I
Lumpenhund

Soy alemán de nacimiento. Sin embargo, mis años de juventud han transcurrido en puntos tan distantes entre sí como el Rin y el Yangtsé. Mi viaje empezó allí donde el Rin se desliza repentinamente hacia el oeste para abrirse un camino a través de las montañas antes de que doble para correr, ancho y rápido, otra vez hacia el norte, dejando atrás el Loreley y las torres de Colonia. Cierto día, en 1904, hallándose mi madre en el camino de Génova a Rotterdam, para reunirse con su esposo, que regresaba de un viaje por alta mar, sintió que había llegado la hora. Interrumpió, pues, su viaje, para dirigirse a la casa de unos conocidos en una pequeña ciudad, cerca de Maguncia. Allí dio a luz su primer hijo. Y antes de que yo contara un mes, me llevó a bordo de un vapor que navegaba por el Rin hacia Rotterdam.

Mi padre dedicó al mar el mayor tiempo de su vida. Pero a pesar de sus viajes por el mundo, conservó siempre la devoción del caminante por la tierra donde había nacido, una devoción de la que no he podido participar. Durante la década que precedió a la guerra mundial, mi padre fue agregado al servicio de inspección náutica del Lloyd Norte Alemán en el Oriente y en Italia. Era un empleo en tierra firme, que le permitía llevar a su familia de puerto en puerto, a costa de la compañía. Uno de los resultados de este nomadismo fue que yo, al contar unos catorce años, hablara, además de mi lengua nativa, algo de chino y malayo, teniendo también un conocimiento superficial del sueco, inglés, italiano y algo de esa jerga indomable del pidgin-English , es decir, del inglés que suelen hablar los culis chinos radicados en los puertos. Otro resultado fue que, desde niño, adquirí conciencia de mi inferioridad frente a los hombres que tenían el privilegio de vivir su juventud en un solo país, frente al fanatismo provocador de quienes han podido arraigarse y decir: «Ésta es mi tierra, éste es el mejor país». Todo esto me dio una triste inestabilidad. Mi desquite fue observar con desprecio de muchacho las sanas manifestaciones de los nacionalistas.




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sábado, 19 de junio de 2021

El oficio de vivir

Pedro Conde Sturla

18 junio, 2021

Oficio de vivir. Oficio de escribir. Oficio de morir. Los tres oficios fueron un poco la misma cosa en la vida y en la obra del escritor César Pavese. Un escritor que vivía y escribía y moría intensamente y que dejó una huella indeleble en la literatura italiana contemporánea.

En los libros de Pavese no sucede nada extraordinario. Tratan de la cotidianidad existencial, de la existencial cotidianidad. Pavese es un escritor introspectivo, volcado siempre hacia dentro. Construye mundos interiores sobre el escenario de una inmediatez neorrealista en el que desfilan personajes de la llamada vida real y de la vida irreal. Toda su obra, su oficio de vivir y de morir, es puro monólogo interior, una continua reflexión. Pavese escarba continuamente en sus personajes, tanto como en sí mismo. Presiente que todas las victorias son derrotas secretas y que “la cosa más secretamente temida ocurre siempre”.

Escribe un poco más de una docena de libros (poemas, novelas y relatos) en los que su sentimiento de soledad y desarraigo se reafirman constantemente : Trabajar cansa, Pueblos tuyos, La playa, La cárcel, Antes de que el gallo cante, El bello verano, el Compañero, Diálogos con Leucó, Entre mujeres solas, El diablo en las colinas, La luna y las fogatas.

A pesar de la variedad de los títulos, y de los variados motivos de su arte, el tema de la soledad es el gran tema. El tema reincidente. La obra de Pavese termina donde comienza: “Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros”.

El oficio de vivir, el diario que escribió durante gran parte de su vida, es el gran testimonio de su drama existencial.

Lo que escribe César Pavese, a los cuarenta y dos años de edad, el 16, 17 y 18 de agosto de 1950 en ese diario íntimo, es el testimonio desgarrante y abrumador de la soledad de un escritor. Un triunfador vencido. La enésima reafirmación de su vocación fatalista. La frágil condición de un ser humano. De los seres humanos.

La literatura le dio todos los triunfos, pero la vida le dio todas las derrotas. Derrotas sentimentales. A sus triunfos le “faltaba la carne”. Ahora la inútil espera, quizás la esperanza de realización a través del amor, ha terminado. Ahora “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

16 de agosto

Querida mía, quizá tú seas verdaderamente la mejor —la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber —y además, si todavía pudiese, queda la prueba, la prueba, el malogro.

Veo hoy claramente que desde los 28 hasta hoy siempre he vivido bajo esta sombra —alguien la llamaría un complejo. Diga sin embargo que es algo mucho más sencillo.
También tú eres la primavera, una elegante, increíblemente dulce y flexible primavera, suave, fresca, esquiva —corrompida y buena—, «una flor del dulcísimo valle del Po», diría quien yo sé.

Y sin embargo tú eres sólo un pretexto. La culpa, después de mía, es sólo de la
«inquieta acongojada que sonríe ella sola».

¿Por qué morir? Nunca he estado tan vivo como ahora, nunca tan adolescente.
Nada se suma al resto, al pasado.

Volvemos a empezar siempre.

Un clavo saca otro clavo. Pero cuatro clavos hacen una cruz.

Mi papel público lo he hecho hasta donde he podido. He trabajado, he regalado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos.

17 de agosto

Los suicidios son homicidios tímidos. Masoquismo en vez de sadismo.

El placer de afeitarme después de dos meses de cárcel —de afeitarme yo, delante de un espejo, en una habitación del hotel, y fuera estaba el mar.

Es la primera vez que hago balance de un año todavía no terminado.
En mi oficio soy rey.

En diez años lo he hecho todo. ¡Si pienso en las dudas de entonces!

Nunca he estado más desesperado y perdido que entonces. ¿Qué he conseguido?

Nada. He ignorado durante unos años mis taras, he vivido como si no existiesen. He sido estoico. ¿Era heroísmo? No, no me ha costado nada. Y luego, al primer asalto de la «inquieta acongojada», he vuelto a caer en las arenas movedizas. Desde marzo me debato en ellas. No importan los nombres. ¿Son algo más que nombres al azar, nombres casuales —si no aquéllos, otros? Queda que ahora sé cuál es mi más alto triunfo —y a este triunfo le falta la carne, le falta la sangre, le falta la vida.

No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora.

Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré.

¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?

18 de agosto

Siempre sucede lo más secretamente temido. Escribo: Oh Tú, ten piedad. ¿Y después?
Basta un poco de valor.

Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de
vivir, y se debilita la idea del suicidio.

Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujerzuelas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.

Todo esto da asco.

No palabras. Un gesto. No escribiré más.

(El oficio de vivir | Cesare Pavese | Descargar epub y pdf gratis | Lectulandia https://www.lectulandia.co/book/
el-oficio-de-vivir/)

“El sábado 26 de agosto de 1950 Cesare deja la casa de su hermana María con un maletín que únicamente contenía un libro para no regresar nunca más”.

Nota: Cesare Pavese: El cadáver de la habitación 346 | EL ESPECTADOR
El domingo 27 de agosto de 1950 (...) el conserje y el dueño del Hotel Albergo Roma, en Turín, ambos un poco nerviosos, se dirigieron con la llave maestra a la habitación 346. El hombre de gafas y de nariz larga que la alquiló el día anterior, había exigido que tuviera teléfono. Fue complacido. Sin embargo, el cliente no había llamado a la recepción, no había salido, nadie lo había solicitado. Lógico, antes de intentar entrar tocaron la gruesa puerta de madera y lo llamaron en voz alta tres veces. Quedaron a la expectativa. Les respondió el silencio. El ya conocido silencio de los malos augurios.

(https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/cesare-pavese-el-cadaver-de-la-habitacion-346-article/).




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sábado, 5 de junio de 2021

Las leyes en la corte de los milagros

Las leyes en la corte de los milagros

Hay que destacar que las leyes en la corte de los milagros tienen un carácter didáctico, educativo, práctico, espartano.

07-06-2021 Gringoire en la corte de los milagros

Nadie puede imaginar cómo me sentía yo contemplando desde las páginas de Nuestra señora de París aquel ambiente tan sórdido y tenebroso adonde me había conducido, como quien dice de la mano, el gran Víctor Hugo en compañía de Pierre Gringoire. Era un lugar tan intrincado y peligroso que ni los mismos habitantes estaban allí seguros, y se perdían incluso de vez en cuando en su propio laberinto. Ningún extraño entraba, a menos que no fuera por equivocación o por la fuerza. Hasta los albañiles que por casualidad o demagogia eran designados para construir o reparar cualquier obra eran asesinados sin piedad. Además, todo olía peor que en Dinamarca.

No es que el espectáculo que ofrecía la corte de los milagros fuera tan degradante como el de la cámara de diputados o senadores, o cualquier otra institución de cualquier país moderno como el nuestro. En ese barril sin fondo se pierde el patrimonio de países enteros sin posibilidad de recuperarlo, y el ejercicio de la justicia es pura ficción. Hasta los magistrados, que por casualidad o demagogia son designados para encarar la corrupción, corren el riesgo de ser asesinados y el olor a podrido no es mejor que en Dinamarca.

La situación de Gringoire era, desde luego, crítica, pero no desesperada. Sus jueces y verdugos lo querían ahorcar, pero no le tenían inquina ni albergaban algún tipo de mala fe o resentimiento contra su persona, como sucede en todas partes con los juicios de la justicia ordinaria. Incluso le ofrecían una salida que Gringoire no dejó de aprovechar: convertirse en truhán, en uno de ellos.

“—Oye —dijo Clopin a Gringoire, pasándose la callosa mano por la disforme barba—: no veo por qué razón no te hemos de ahorcar. Verdad es que la cosa no parece ser de tu gusto, y es natural, porque vosotros la gente decente, no estáis acostumbrados a ello, y os lo imagináis como una gran cosa. Al fin y al cabo, maldita la tirria que te tenemos, y en prueba de ello, vamos a darte un medio para salir del paso. ¿Quieres ser de los nuestros?

“Fácil es conocer el efecto que produciría esta proposición en Gringoire, que sentía írsele escapando la vida, y que empezaba ya a perder toda esperanza. Se agarró a ella con toda energía.

“—Seguramente que quiero —dijo.

“—¿Consientes —repuso Clopin—, en alistarte en la compañía de la Llamita?

“—De la Llamita precisamente

—respondió Gringoire.

“—Has de observar —repuso el rey—, que no por eso dejarás de ser ahorcado.

“—¡Cáspita! -dijo el poeta.

“—Solamente —continuó imperturbable Clopin—, serás ahorcado más adelante, con más ceremonia, a costa de la buena ciudad de París, en una horca de piedra y por gente honrada. Siempre es un consuelo”.

Gringoire vio en ese momento el cielo abierto y empezó a sentirse tranquilo, pero para ser aceptado como ciudadano de la corte de los milagros había que cumplir con otros requisitos, pasar una prueba muy difícil: registrar un maniquí sin hacer sonar los cascabeles ni campanillas que tenía adheridos. Algo así cómo robar gallinas y esconder las plumas al mismo tiempo sin que se produjera el más mínimo cacareo:

“Serenóse en fin monseñor Clopin.

“—Canalla —dijo a nuestro poeta—. ¿Con que quieres ser truhán?

“—Sin duda -respondió el poeta.

“—Es que no basta querer —dijo el severo Clopin—; los buenos deseos no añaden una cebolla en el puchero, y no sirven más que para ir al cielo; y el cielo es una cosa y el hampa es otra. Para ser recibido en el hampa, es preciso que pruebes que eres útil para algo y para eso, es necesario que registres el maniquí.

“—Registraré —dijo Gringoire—, todo lo que queráis.

“Hizo Clopin una señal: salieron del círculo algunos hampones, y volvieron un momento después trayendo dos vigas terminadas en su extremidad inferior por dos espátulas de madera con que podían sostenerse en el suelo. Adoptaron a las extremidades superiores de ambas vigas un madero transversal, con lo que formaron una horca portátil sumamente cuca, que Gringoire tuvo la satisfacción de ver armada en una santiamén, y a la que no faltaba adminículo alguno, ni aún la cuerda que se mecía con suma gracia debajo del travesaño.

“—¿Adónde irán a parar? —dijo para sí Gringoire con alguna inquietud cuando puso fin a su agonía un ruido de campanillas que oyó en el instante mismo, producido por un maniquí que suspendieron los hampones por el escuezo a la cuerda, especie de espantajo, vestido de colorado y tan cubierto de cascabeles y campanillas que hubiera bastado con ellas para enjaezar treinta mulas castellanas. Aquellas mil campanillas sonaron un buen rato con las oscilaciones de la cuerda, fueron luego callando poco a poco, y callaron por fin cuando quedó inmóvil el maniquí por aquella ley del péndulo que ha destronado a la clepsidra y al reloj de la arena”.

Hay que destacar que las leyes en la corte de los milagros tienen un carácter didáctico, educativo, práctico, espartano. Preparan de muchas maneras a los ciudadanos, los curten, los endurecen, los someten a las más recias disciplinas para que sean capaces de afrontar las más duras pruebas en los peores trances de la vida.

“—Mira, hermano —le dijo—, charlas demasiado. Oye en dos palabras de lo que se trata; vas a empinarte sobre el pie izquierdo, como te iba diciendo; de este modo alcanzarás hasta el bolsillo del maniquí; le registrarás; sacarás de él una bolsa que contiene, y si logras sin hacer sonar una sola campanilla, venciste: serás hampón. Ya no tendremos que hacer más que derrengarte a palos durante ocho días.

“—¡Vientre de Dios, él me libre!

—dijo Gringoire—. ¿Y si hago sonar las campanillas?

“—Entonces serás ahorcado.

¿Entiendes?

“—Ni jota —dijo Gringoire.

“—Pues oye. Vas a registrar el maniquí y sacarle la bolsa; y si en esa operación mueves una sola campanilla, serás ahorcado. ¿Lo entiendes?

“—Bueno -

—dijo Gringoire—. ¿Y luego?

“—Si sacas la bolsa sin que se oigan las campanillas, eres hampón y te derrengaremos a palos durante ocho días. ¿Entiendes ahora?

“—No señor; maldito si entiendo ¿Pues dónde está lo que gano? Ahorcado en un caso, derrengado a palos en otro...

“—¿Y el ser hampón? —repuso Clopin—, y el ser hampón, ¿lo cuentas por nada? Te apalearemos por tu bien, para acostumbrarte a los porrazos”.

Imaginemos ahora por un momento, sólo por un momento, el beneficio que reportaría a nuestros países si los miembros de las cámaras y los ministros y demás funcionarios del gobierno tuvieran que pasar por una prueba y un castigo semejantes para convertirse en truhanes y ejercer la carrera legalmente

La repatriación armada (1-25)

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