sábado, 29 de mayo de 2021

Un juicio en la corte de los milagros

Pedro Conde Sturla

28 mayo, 2021

Víctor Hugo siempre tenía una mirada para los desposeídos, una manera de mostrar a sus coetáneos cómo vivía la mayoría de la gente, y en especial los menos afortunados. Se empecinaba muchas veces en hacernos ver el lado podrido de las cosas a las que la mayoría de la gente daba la espalda, las cosas que mucha gente ignoraba o pretendía ignorar.

Lo que se esconde detrás de la corte de los milagros, de ese cruel eufemismo, ese término tan cruelmente poético, es la tragedia social, el infierno en que se veía condenada a vivir una gran parte de la población. De hecho muchos habitantes de París y otras grandes ciudades vivían del milagro cotidiano en una especie de corte donde casi todo faltaba. La corte, o mejor dicho las innumerables cortes de los milagros, eran el resultado de la desigualdad, el precio que se pagaba por el empeoramiento de las condiciones de vida, el lugar adonde iban a parar los desalojados de las zonas rurales, los inválidos, los mutilados de guerras, de tantas guerras. El escenario de frecuentes levantamientos, revueltas que terminaban ahogadas en sangre.

“Como sucede en muchas otras ocasiones, la historia o aquellos que pretenden transmitirla se quedan en la superficie de los acontecimientos. La Corte de los Milagros, aquella en la que los ciegos veían y los tullidos caminaban, es el envoltorio de una circunstancia mucho más dura y desoladora, que nos habla de la situación en la que se encontraba gran parte de la población de París y Francia entre los siglos XVII y XIX. Una sociedad empobrecida, obligada a subsistir en barrios caóticos y probablemente sobrepoblados a través de la mendicidad, el latrocinio o la prostitución. Un término satírico para describir un hecho anecdótico, que ha subsistido a lo largo de la historia, y que, en el fondo, solo pretendía esconder aquello que sus congéneres no deseaban ver”.
(https://eloctavohistoriador.com/2019/09/19/sabias-que-37-la-corte-de-los-milagros/)

A esta corte de los milagros transformada en corte de justicia, “una taberna de ladrones, tan manchada de sangre como de vino” había sido arrastrado el aterrorizado Pierre Gringoire. La forma en que la describe Víctor Hugo, con una tinta sombría y un sentido muy negro del humor, de corrosivo humor social, recuerda de alguna manera que las cosas no han cambiado tanto desde entonces, que una corte de los milagros y una corte de justicia y una taberna ensangrentada y un prostíbulo son términos intercambiables:

“El espectáculo que se ofreció a sus ojos, cuando su desarrapada escolta le depositó por fin en el término de su carrera, no era muy a propósito para inspirarle ideas de poesía, ni aún de poesía de infierno; veía más que nunca la prosaica y brutal realidad de la taberna”.

Pierre Gringoire tiene razones para tener miedo, razones para temer lo peor:

“En derredor de una inmensa hoguera que ardía sobre una ancha losa redonda y que penetraba con sus llamas los enrojecidos pies de un trébedes vacío a la sazón, veíase por una parte y por otra algunas mesas cojas, colocadas a la casualidad, sin que el más ruin lacayo geómetra se hubiese dignado arreglar su paralelismo, o cuidar a lo menos que no se cortasen formando ángulos sobradamente inusitados. Relucían sobre aquellas mesas algunos jarros llenos de vino y de cerveza, alrededor de los cuales se agrupaban numerosas caras báquicas, purpurantes de fuego y de vino. Veíase aquí un hombre de enorme panza y de jovial semblante, que abrazaba sin rebozo a una ramera ancha y carnuda; allí un especie de perdona-vidas, un valentón, como se decía en caló, que desataba silbando las bandas de su supuesta herida, y sacaba a relucir su sana y vigorosa rodilla, fajada desde por la mañana con cien mil ligaduras; acullá preparaba un pordiosero con escrofularia y sangre de toro su pierna de Dios para el siguiente día. Dos mesas más abajo, un palmero con su traje completo de peregrino deletreaba la canción de Santo Dios, Santo inmortal, sin olvidar la salmodia ni el competente acento gangoso; aquí un joven hampón daba lección de epilepsia con un gitano viejo que le enseñaba el arte de echar espumarajos por la boca mascando un pedazo de jabón; más allá se desinflaba un hidrópico, haciendo taparse las narices a cuatro o cinco ladronas que se disputaban en la misma mesa un niño robado aquella noche”.

El personaje que parecía más prominente era un mendigo que estaba sentado en “un tonel junto a la hoguera (...) como un rey sobre su trono”. Su nombre era Clopin Trouillefou, y con otros dos funcionarios de no menor importancia, presidía el juicio, No tenían bienes, desde luego, aparte de los harapos que los cubrían, pero se sentían revestidos de una gran dignidad y se otorgaban títulos pomposos que recuerdan que todos los títulos del mundo son igualmente pomposos y que la vanidad, no la esperanza, es lo último que se pierde si acaso alguna vez se pierde. Igualmente estaban provistos de un un cierto sentido de la ética y de las más firmes convicciones amorales.

“—¡Por las uñas del diablo! —interrumpió Clopin—, di tu nombre, canalla, y nada más. Escucha: estás delante de tres poderosos soberanos, yo, Clopin Trouillefou, rey de Tunia, sucesor del Gran Coesre, señor soberano del reino de la Germania; Matías Ungadi Spicali, duque de Egipto y de Bohemia, aquel viejo amarillo que está allá abajo con una almohadilla de fregar alrededor de la cabeza, y Guillermo Rousseau, emperador de Galilea, aquel gordo que no nos escucha, y que está requebrando a aquella tía.
“—Nosotros somos tus jueces: tú has entrado en el reino de la Hampa sin ser hampón, y has violado por consiguiente los fueros de nuestra ciudad; y serás castigado, a menos que seas capón, tuno o tumbón, es decir, en el caló de la gente honrada, ladrón, pordiosero o vagabundo. ¿Eres algo por este estilo? Justifícate; enumera tus cualidades.

"—Basta —repuso Trouillefou sin dejarle acabar—; vamos a ahorcarte. Cosa justa, ¡señora gente de bien! Como vuestra señoría trata a los suyos en la nuestra: la ley que hacéis a los truhanes, os la hacen los truhanes a vosotros; vuestra es la culpa si la ley es dura. Justo es que de vez en cuando se vea una cara de hombre honrado encima del collar de cáñamo; eso le honra. Ea, compadre, reparte alegremente tus guiñapos entre esas damiselas; ahora voy a hacerte ahorcar para divertir a los hampones, y luego les darás tu bolsa para echar un trago. Si tienes que hacer alguna momería, allá en el fregadero hay un famoso Dios Padre de piedra que hemos robado en la iglesia de Saint-Pierre-aus-Bœuís: cuatro minutos tienes para meterle tu alma por los hocicos”.




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sábado, 22 de mayo de 2021

Los milagros de la corte

Pedro Conde Sturla

21 mayo, 2021

La Corte de los milagros

En el París renacentista, el que describe Víctor Hugo en Nuestra señora, no sólo había luz sino también mucha oscuridad y muchas cosas tenebrosas. En la ciudad de Roma uno puede leer por las calles una historia de dos mil setecientos y tantos años, pero el París del siglo XV era pura magia, una especie de conjuro donde se habían reunido todas las cosas bellas del mundo y algunas de las más apestosas. Había, en efecto, en algunos barrios de la ciudad luz, entre los más sórdidos espacios laberínticos de la inmensa urbe, mucha oscuridad y mucha mierda. El milagro en esos lugares era cotidiano. Nada más entrar, los ciegos veían, los tullidos volvían a caminar, las llagas y pústulas más horrendas desaparecían. Eran lugares donde malvivía —en comunión con la mugre y las ratas y los piojos y las pulgas, el crimen y la promiscuidad— lo más granado de la escoria social, el lumpen proletariado urbano. Es decir, mendigos y ladrones y asesinos a granel, prostitutas y bandoleros de toda clase, multitud de niños que aprendían desde la más tierna edad a “buscarse” la vida. Eran lugares temidos por la mayoría de la gente, pero también por las mismas autoridades. Allí no tenían vigencia las leyes y las normas por las que se regía la sociedad de la época. Tenían su propio gobierno, sus propios tribunales y reglamentos y la justicia era siempre expedita:

“Ya vimos las evidencias, / Se les ha encontrado inocentes, / es el peor crimen que hay. / ¡A la horca se van!”.

Al lugar le llamaban poéticamente Corte de los milagros, pero había más de uno, quizás unos doce en total en el París de esa época.

Un historiador francés llamado Henrí Sauval describe uno de ellos como “un gran callejón sin salida apestoso, fangoso, irregular y sin pavimentar” donde “todos vivían en gran libertinaje; nadie tenía fe ni ley, y el bautismo, el matrimonio y los sacramentos eran desconocidos”.

“Consiste en un lugar de gran tamaño y un gran callejón sin salida apestoso, fangoso e irregular, que no está pavimentado. Anteriormente se limitaba a las últimas extremidades de París. En la actualidad (bajo el reinado de Luis XIV), se encuentra en una de las zonas más pobres, sucias y remotas de la ciudad, entre la rue Montorgueil, el convento de Filles-Dieu y la calle Neuve-Saint-Sauveur, como en otro mundo. Para ir allí, a menudo es necesario desviarse por pequeñas calles traviesas, apestosas, desviadas; para entrar, hay que bajar una pendiente bastante larga, tortuosa, escarpada, desigual. Vi allí una casa de barro, medio enterrada, tambaleándose con la vejez y la decadencia, que no tiene cuatro puntas cuadradas, y donde, sin embargo, alberga a más de cincuenta hogares acusados de una infinidad de niños pequeños legítimos, naturales o robados. Me aseguraron que, en esta pequeña casa y en las otras, vivían más de quinientas familias grandes amontonadas. Por muy bueno que haya sido este tribunal, antes lo era mucho más. Por todos lados, estaba rodeado de casas bajas, hundidas, oscuras, deformadas, hechas de tierra y barro y todas llenas de pobres “.

A un sitio como ese había llegado Pierre Gringoire y en manos de esa gente, para su desgracia, había caído. Y Víctor Hugo lo describe mejor que nadie, con unos tintes sombríos salpicados de humor negro:

“— Por mi vida, repuso Gringoire, que veo a los ciegos que miran y á los cojos que corren; ¿pero dónde está el Salvador?
Respondiéronle todos con una carcajada siniestra.

“Tendió la vista en torno de si el malandante poeta. Hallábase en efecto en aquella terrible Corte de los Milagros, donde jamás un hombre honrado había penetrado á aquellas horas; círculo mágico donde los oficiales del Chatelet y los soldados del Prebostazgo que osaban aventurarse en él desaparecían como arena; patria de ladrones, verruga hedionda en el rostro de París; muladar de donde salía todas las mañanas, y á donde volvía todas las noches á podrirse el arroyo de vicios, mendicidad y holgazanería, que rebosa siempre por las calles de las capitales, monstruosa colmena á donde iban á parar todas las noches con su botín todos los zánganos del orden social; mentido hospital á donde el gitano, el fraile tuno, el estudiante perdido, los pillos de todas las naciones, españoles, italianos, alemanes de todas las religiones, judíos, cristianos, musulmanes, idólatras, plagados de llagas postizas, mendigos durante el día, se transformaban de noche en bandoleros; inmenso guardarropa, en fin, donde se desnudaban y vestían en aquella época, todos los actores del eterno drama que representan en las calles de París, el robo, la prostitución y el asesinato. Era aquel sitio una ancha plaza, irregular y muy mal empedrada como todas las de París en aquella época. Brillaban en ella de trecho en trecho algunas hogueras, en torno de las cuales hormigueaban extraños grupos que iban y venian y alborotaban. Oíanse agudas carcajadas, vagidos de chiquillos, gritos de mujeres. Las manos y las cabezas de aquella multitud, negras sobre el fondo luminoso, formaban mil diabólicos perfiles; de vez en cuando veíase pasar sobre el suelo en que temblaba la luz de las hogueras entre inmensas sombras indefinidas, un perro que parecía hombre, un hombre que parecía perro. Los límites de las razas y de las especies parecían confundirse en aquellos sitios como en un Pandemónium: hombres, mujeres, animales, edad, sexo, salud, enfermedades: todo era dote común á aquella gente; todo iba junto, mezclado, confundido, apiñado; cada cual participaba de todo.

“El vacilante y mezquino reflejo de las hogueras permitió á Gringoire distinguir, á pesar de su turbacion, alrededor de la inmensa plaza un asqueroso ceñidor de casucas viejas, cuyas fachadas sucias, descascaradas, desmirriadas, feas, con una ó dos ventanillas iluminadas cada una, le parecían en la sombra enormes cabezas de viejas formadas en círculo, monstruosas y acorchadas, que miraban el sábado guiñando los ojos.
“Parecía aquello un nuevo mundo, desconocido, inaudito, disforme, reptil, fantástico.

“Cada vez más sofocado, cogido por los tres pordioseros como por tres tenazas, atronado por una infinidad de caras que ladraban y berreaban en torno de él, recurría el pobre Gringoire a toda su presencia de ánimo para acordarse de si estaba en sábado. Pero todos sus esfuerzos eran inútiles; el hilo de su memoria y de sus pensamientos estaba roto, y dudando de todo, flotando entre lo que veía y lo que sentía, asentaba en su mente esta insoluble cuestión: - Si existo, ¿cómo puede ser eso? Si eso es, ¿cómo puede existir?
“Alzóse entonces un grito general
entre la chillona turba que le rodeaba,
“—¡Llevémosle al rey! ¡Llevémosle al rey!
“—¡Virgen santa! -murmuró Gringoire-; el rey de aquí debe ser un macho cabrío!”.




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sábado, 15 de mayo de 2021

En la corte de los milagros

En la corte de los milagros

Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 
 Ilustración de Gustave Doré para Nuestra señora de París. 

Una de las cosas por las que estoy en deuda, tanto con Víctor Hugo como con Balzac, pero sobre todo con Víctor Hugo, es por haberme permitido conocer uno de los lugares más escabrosos e interesantes y peligrosos del París del siglo XV y haber salido de ese lugar con vida, vivir para contarlo, aunque con el corazón en la boca.

Fue algo casual, no planificado, que me tomó de sorpresa y me llenó de espanto. Yo había asistido, invitado por Víctor Hugo, a la Gran Sala del Palacio de Justicia durante la Fiesta de los locos a la presentación de una obra de Pierre Gringoire que fue del completo desagrado del público y quizás hasta del mismo autor.

En cambio la coronación de Quasimodo como Rey de los los locos fue todo un éxito. El caso es que Pierre Gringoire, que en la novela de Víctor Hugo es un poeta y filósofo y dramaturgo un poco menos que mediocre, salió del lugar con el moco para abajo, deprimido, triste, y empezó a deambular por París. En algún lugar se encuentra con la bella gitana Esmeralda, bailando cerca de una fogata, y cae de inmediato bajo su hechizo. Pierde como quien dice la razón y empieza a seguirla, pero la tarea no resulta fácil. La gitana se disimula, se escabulle entre los pliegues de la noche por unos intrincados callejones que conoce de memoria. Yo los seguía a los dos, página tras página, de derecha a izquierda, y empezaba a no gustarme la cosa. Página tras página me iba poniendo más nervioso y tenía razón para estarlo. Como lector yo también corría peligro. Podía sucederme lo que al tipo aquel de Continuidad de los parques, un relato de Cortázar en que el lector termina siendo víctima del personaje del relato que está leyendo.

Gringoire encontró a la gitana en el momento en que dos malvivientes intentaban raptarla y en cuanto quiso intervenir lo pusieron fuera de combate. Cuando se despertó veía estrellitas, se sentía desorientado y desamparado. Y lo peor de todo es que no estaba solo.

Se encontraba en un sucio callejón “desempedrado”, “fangoso”, en el que de “trecho en trecho (...) “rastreaban no sé qué masas vagas é informes”.

Una de esas cosas “no era ni más ni menos que un miserable lisiado sin piernas, que andaba sobre ambas manos, como una zancuda herida que no tiene mas que dos patas. Cuando pasó por junto á aquella especie de araña con semblante humano, alzó el pordiosero hacia él una voz lamentable.—¡La buena mancha, siñor! ¡la buona mancia!”.

El pordiosero le pedía o exigía limosna en italiano y Gringoire no entendió una palabra y lo mandó al diablo.

Más adelante encontró a otro pordiosero, “un tal tullido, cojo y manco á la vez, y tan manco y tan cojo que el complicado sistema de muletas y piernas de madera que le sostenían, hacíale parecerse á un maderámen puesto en movimiento”.

Aquel desgraciado “le saludó al paso colocando su sombrero al nivel de la barba de Gringoire, como una bacia de afeitar, y gritándole en los oídos:—Señor caballero, para comprar un pedazo de pan”.

Esta vez le pedían limosna en español y Gringoire tampoco entendió. “Quiso apretar el paso; pero por tercera vez un informe objeto se le puso delante. Aquel objeto, ó más bien aquel individuo, era un ciego, un cieguecito pequeñito, de cara hebrea y barbuda, que remando en el espacio con un palo y llevado a remolque por un perrazo, le dijo con acento húngaro: ¡facitate caritatem!”.

El pordiosero hablaba “una lengua cristiana”, pero Gringoire “volvió las espaldas al ciego y prosiguió su camino” y de repente ocurrió un milagro:

“...el ciego apretó el paso detrás de él, y fue la diablura mayor, que también el tullido y el lisiado sin piernas sobrevinieron cada cual por su lado con gran premura y ruido de voces y muletas. Y luego todos tres tropezando unos con otros detrás del pobre Gringoire, empezaron á cantarle su canción:

“— ¡Caritatem! -cantaba el ciego.

“— ¡La buona mancia! -cantaba el hombre—araña.

“Y el cojo levantaba la frase musical repitiendo:— ¡un pedazo de pan!

“Gringoire se tapó las orejas:— ¡Oh torre de Babel! exclamó”.

Sin saber qué hacer, el desgraciado Gringoire se echó a correr y de inmediato ocurrió otro milagro:

“El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas corrieron también. Y a medida que iba internándose en la calle, nuevos lisiados, ciegos y cojos pululaban en torno de él”, lo asediaban “mancos y tuertos y leprosos con sus llagas”, que salían de sus casas, “ de los respiraderos, de los sótanos, aullando, chillando, ladrando (...) cayendo y levantando, arrastrándose hacia la luz y hundidos en el lodo, como babosas después de la lluvia”.

¡Donde diablos nos habíamos metido.Gringoire no lo sabía, ni yo tampoco. “El ciego, el cojo y el lisiado sin piernas” corrían más rápido que él.

“Gringoire, acosado por sus tres perseguidores, y sin saber en qué diablos pararía todo aquello, iba sofocado en medio de todos, costeando los cojos, saltando por cima de los que iban á rastras, hundidos los pies en aquel hormiguero de avechuchos, como cierto capitán ingles que se metió en un rebaño de cangrejos.

“Ocurrióle entonces la idea de volver atrás, pero ya era tarde: toda aquella legión se había cerrado detrás de él, y sus tres mendigos no le soltaban. Continuó pues su camino impelido a la par por aquel irresistible torrente, por el miedo y por un vértigo que le hacia ver todo aquello como un horrible ensueño.

“Llegó por fin á la extremidad de la calle, la cual desembocaba en una inmensa plaza, donde oscilaban mil luces confusas entre la vaga niebla de la noche. Entró en ella Gringoire, esperando sustraerse con la celeridad de sus piernas á los tres espectros inválidos, que le tenían asido por el cogote.

“— ¿Adónde vas, hombre? gritó el cojo arrojando las muletas y corriendo tras de él con las dos mejores piernas que trazaron jamás un paso geométrico en el suelo de París.

“Y el que andaba á rastras, ora derecho sobre sus pies, ceñía á Gringoire en torno del cuello los trapos y tablas sobre que se arrastraba, y el ciego le miraba de hito en hito con ojos reventones.

“— ¿Dónde estoy? dijo el poeta estupefacto.

“— En la corte de los milagros, respondió un cuarto espectro que acababa de agregarse á los demás”






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sábado, 8 de mayo de 2021

La señora de París

La señora de París

La melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad.

Iglesia de Notre Dame

Recuerdo que una vez era París y los paseos a la orilla del perezoso Sena, recuerdo que el río serpenteaba entre multitud de palacios de fantasía y que la gente caminaba embelesada como en un cuento de hadas, que los puentes se alineaban como en una especie de espejismo y que en el campanario de la iglesia de Notre Dame se asomaba todavía el jorobado Quasimodo y que Quasimodo se deslizaba por la soga del campanario “como una gota de agua sobre un vidrio”, y que los muros que amurallan a París convierten a París “en una ciudad murmurante”. Recuerdo, sobre todo, París a vista de pájaro, el París que podía verse desde “la espesa muralla de campanarios” de la maravillosa edificación. El que describió Víctor Hugo:

“Cuando, después de haber subido a tientas durante mucho tiempo por la tenebrosa espiral que atraviesa perpendicularmente la espesa muralla de campanarios, se desembocaba por fin en una de las dos plataformas inundadas de luz y de aire, el cuadro que por todas partes se extendía bajo los ojos era bellísimo; era un espectáculo sui generis del que sólo pueden hacerse una idea aquellos lectores que hayan tenido la fortuna de ver una villa gótica entera, completa, homogénea como todavía existen algunas en Nuremberg, en Baviera, Vitoria, en España, o incluso algunas muestras más reducidas, siempre que estén bien conservadas, como Vitré en Bretaña o Nordhausen en Prusia.

“Aquel París de hace trescientos cincuenta años, el París del siglo XV, era ya una ciudad gigante. “Generalmente, los parisinos nos equivocamos con frecuencia acerca del terreno que desde entonces creemos haber ganado. París, desde Luis XI, apenas si ha crecido en poco más de una tercera parte; claro que también ha perdido en belleza lo que ha ganado en amplitud. París ha nacido, como se sabe, en esa vieja isla de la Cité, que tiene forma de cuna, siendo sus orillas su primera muralla y el Sena su primer foso”.

Pues sí, en ese lugar nació París y allí me encontré por primera vez con Víctor Hugo. El me llevó de la mano a conocer a Esmeralda y a Quasimodo, me condujo a tientas al interior del templo, a través de la frágil oscuridad donde conviven columnas de varios estilos arquitectónicos y me enseñó a leer su arquitectura: “Es, por así decirlo, una vasta sinfonía de piedra; obra colosal de un hombre y de un pueblo; una y varia a la vez, como las Ilíadas y los Romanceros de los que es hermana; realización prodigiosa de la colaboración de todas las fuerzas de una época en donde se perciben en cada piedra, de cien formas distintas, la fantasía del obrero, dirigida por el genio del artista; una especie de creación humana, poderosa y profunda como la creación divina, a la que, se diría, ha robado el doble carácter de múltiple y de eterno”.

Aparte del templo, la belleza de la gitana Esmeralda me sedujo y caí, al igual que otros, rendido a su pies. Nada, sin embargo, me impresionó tanto como la figura del monstruoso Quasimodo, la bestia que sirve de contrapunto a la bella gitana. Además, Quasimodo y Notre Dame son un poco la misma cosa:

“...existía una especie de armonía misteriosa preexistente ya entre Quasimodo y aquel edificio. Cuando, desde muy niño aún, se arrastraba torpemente y con mucho miedo bajo las tinieblas de sus bóvedas, se asemejaba, con su cara humana y su constitución animal, al reptil natural de aquellas losas húmedas y oscuras sobre las que la sombra de los capiteles románicos proyectaba formas extrañas”.

En verdad, hay pocos personajes tan impresionantes como el jorobado de Notre Dame en la historia de la literatura que conozco, y pocos autores que sean capaces de dibujarlo con tanta finura de escabrosos detalles, “penetrar en el alma de Quasimodo a través de esa corteza espesa y dura (...), sondar las profundidades de aquel organismo contrahecho, (...) mirar con una antorcha tras esos órganos sin transparencia, explorar el interior tenebroso de aquella criatura opaca, iluminar sus rincones oscuros, sus callejones absurdos...”

Una de las cosas que le agradezco a Víctor Hugo es haberme permitido presenciar las acrobacias vertiginosas de Quasimodo y “el acoplamiento singular, simétrico, inmediato, consustancial, casi de un hombre y un edificio”, y la forma en que “se había familiarizado con la catedral en una cohabitación tan íntima y tan prolongada...”.

Por lo que me explicó Víctor Hugo con su manera romántica de decir las cosas, “aquella morada le era propia; no había recoveco que Quasimodo no conociera, ni altura que no hubiera escalado y más de una vez había trepado por varios pisos de la fachada agarrándose tan sólo a las asperezas, a los salientes de las esculturas. Las torres, por cuya superficie exterior se le veía trepar como un lagarto que se desliza por un muro, aquellas dos gigantes gemelas, tan altas, tan amenazadoras, tan temibles, no le provocaban ni vértigo, ni aturdimiento, ni estremecimiento alguno; se diría incluso, al ver la facilidad con la que escalaba, al ver la suavidad con la que a ellas se agarraba, que las tenía amaestradas. A fuerza de trepar, de saltar, de lanzarse por entre los huecos abismales de la gigantesca catedral, se había convertido en cierto modo en mono o en gacela como los niños calabreses que aprenden a nadar antes de andar y que juegan ya, desde muy niños, con el mar”.

Sobre Quasimodo se habían abatido al parecer todas las desgracias. Lo poco que tenía lo iba perdiendo, sólo ganaba en deformidad. Y lo peor de todo es que en la medida en que se deformaba su cuerpo también se deformaba su espíritu. Era cada vez más un monstruo. Cuando el sonido de las campanas que amaba sobre todas las cosas lo dejó sordo se sumergió en la oscuridad del silencio para siempre, lo aisló completamente del mundo. ¿Conservaría Quasimodo algún destello de humanidad? Quizás un mero vestigio de humana gentileza:

“Además daba la impresión de que no sólo era su cuerpo el que se había amoldado a la catedral, sino también su espíritu, pero resultaría muy difícil determinar en qué estado se encontraba aquella alma, qué pliegues había adquirido, qué forma había adoptado bajo aquella envoltura nudosa, en aquella vida salvaje, pues Quasimodo había nacido ya tuerto, jorobado y cojo y fue, gracias a una gran dedicación y a una inmensa paciencia, como Claude Frollo consiguió enseñarle a hablar. Pero una grave fatalidad iba unida al pobre niño abandonado: campañero de Nuestra Señora a los catorce años, un nuevo defecto vino a completar su perfección; las campanas le habían roto el tímpano y se había quedado sordo y así la única puerta de comunicación con el mundo que le había sido concedida por la naturaleza se le había cerrado bruscamente para siempre; y al cerrarse, se interceptó el único rayo de luz y de alegría que habría podido aún iluminar el alma de Quasimodo. Su alma se abismó en una noche profunda y la melancolía de aquel desgraciado se hizo incurable y total como su deformidad. Hay que decir también que su sordera le hizo, de alguna manera, mudo, pues, para no ser causa de burla en los demás, tan pronto como se vio sordo se sumió decididamente en un silencio que no rompía apenas, salvo alguna vez, cuando se encontraba solo. Ató voluntariamente aquella lengua que tantos esfuerzos había supuesto a Claude Frollo el desatar. Esto suponía que, cuando la necesidad le obligaba a hablar, su lengua se encontrara entumecida, torpe, como una puerta con los goznes oxidados”.

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