sábado, 30 de mayo de 2020

El regreso de las naves (3)

29 mayo, 2020
Monumento a Silapulapu o Lapulapu en la ciudad filipina con su nombre. 

Pigafetta admiraba a Magallanes, aunque no tanto como Stefan Zweig. Había tenido con él ciertas dificultades durante la primera parte de la odisea, pero poco a poco se habían limado entre ambos las asperezas y terminaron estableciendo una buena relación. Durante el proceso que en España se siguió a los sobrevivientes de la nao Victoria y a los desertores de la San Antonio, empezó a darse cuenta que la justicia no favorecía a los partidarios de Magallanes y decidió mantener silencio. Se fue del lugar en cuanto pudo, asqueado quizás por el rumbo que tomaban las cosas, por las mentiras de los falsarios y aduladores que pretendían hacer de los méritos de Magallanes tabula rasa.
Respecto a Elcano también mantiene silencio. Pero es otro tipo de silencio. Un silencio elocuente, una anatema, quizás, contra el oportunista que ha suplantado al gran capitán. Un usurpador que se hizo con gloria y beneficios que no le correspondían:
“Ni una palabra —dice Stefan Zweig— dedicará a Elcano en su narración del regreso: escribe invariablemente: “navegamos”, “decidimos”, para denotar que Elcano no hizo ni más ni menos que los otros. Podía la corte recompensar a los que se lucraron con la casualidad, pero a Magallanes era debida la verdadera gloria, a él, que ya no puede verlo. Con una fidelidad impresionante se pone Pigafetta al lado del vencido, y sale con palabra persuasiva a favor del que ya no puede hablar.
“Espero -escribe Pigafetta en la dedicatoria de su libro al gran Maestre de Rodas- que la fama de un capitán valeroso como fue él, jamás se borrará de la memoria del mundo. Entre las otras muchas virtudes que le adornaban, sobresalía la de su firmeza, superior a la de los demás, hasta en medio de la mayor desgracia. Soportó el hambre con más paciencia que otro alguno. No había otro hombre en toda la tierra tan entendido en el conocimiento de los mapas y de la náutica. Y la verdad de esto se manifiesta en que llevó a cabo lo que antes nadie supo ni tuvo ánimo para llegar a descubrir.”
El Magallanes de Stefan Zweig es un personaje idealizado en extremo, casi un santo de altar. Parecería que la empresa a la que dedicó cuerpo y alma tenía un carácter mesiánico, espiritual, y no un propósito mercurial. No habían ido, al parecer, tras las inmensas riquezas de las islas de las especierías:
“La muerte es quien descifra el último secreto vital de una figura; hasta el postrer momento, en que su idea llega a feliz realización, no se manifiesta la íntima tragedia de aquel hombre solitario, a quien sólo fue lícito llevar la carga de su misión, sin que pudiera gozar del éxito final. Entre la masa de incontables millones, solamente a él lo escogió la suerte para tal proeza, al callado y taciturno, al encerrado en sí mismo, que estaba dispuesto, sin dejarse doblegar, a sacrificar a su idea todo cuanto en la tierra poseía, y su vida además. Lo eligió sólo para el trabajo, no para el goce, y una vez terminado aquél, lo despidió como a un jornalero, sin darle las gracias. Otros cosechan la gloria de su obra, otros echan la mano a la ganancia y disfrutan del festín; el destino fue exigente con ese recio soldado, como él lo había sido en todo y con todos. Solamente le otorga lo que él había anhelado con todas las fuerzas de su alma: encontrar el camino para dar la vuelta a la tierra, la parte más venturosa de su carrera. Lograr ver únicamente la corona de la victoria, tender la mano hacia ella, pero cuando intenta asegurarla sobre su frente, el destino dice: ‘¡Basta!’, y le abate la mano ansiosamente levantada”.
Hay veces en que parece que la admiración por el personaje se le va de la mano a Stefan Zweig, se desboca. Confunde —como tantos biógrafos e historiadores— la ambición y la codicia con el idealismo. Lo considera “un genio”. Su hazaña es la más grande jamás contada. Tanta admiración por el conquistador y el aventurero traduce al mismo tiempo, en algunas de las páginas menos felices de la obra, un sentimiento racista y colonialista, indigno del brillante escritor:
“¡Un genio que, cual Próspero, ha dominado a los elementos, venciendo todas las tempestades y sometiendo a los hombres, es vencido por un ridículo insecto humano llamado Silapulapu!”.
A pesar de todo, no deja de ser indignante, aleccionador, el relato que hace Stefan Zweig sobre la forma desvergonzada en que fue premiada la deslealtad de los hombres que abandonaron y calumniaron a Magallanes y la suerte que sufrieron aquellos que permanecieron fieles:
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón (continuación)
Stefan Zweig
Esto es lo único que le fue concedido a Magallanes, el hecho, mas no su áurea sombra: el triunfo y la gloria temporal. Nada tan conmovedor, en este instante en que el propósito de su vida llega a realizarse, como la lectura de su testamento. Todo lo que, a punto de regresar, fue su anhelo, se lo niega la suerte. Nada le responde de lo que en aquella “capitulación” quiso legitimar como suyo y de los suyos. Ni una sola disposición -literalmente, ni una siquiera- de las que con tanta previsión y tino asentó en su última voluntad, se cumple, después de su heroico tránsito, con sus sucesores, y le es negado despiadadamente hasta el más puro y santo de sus deseos. Magallanes había precisado el sitio de su entierro en la catedral de Sevilla, y el cadáver se corrompe en una playa remota. Treinta misas dispuso que fueran rezadas sobre su tumba, y, en vez de esto, se oyen los aullidos triunfales de la horda de Silapulapu alrededor de su cuerpo mutilado ignominiosamente. Tres pobres debían recibir vestidos y comida el día de su entierro, y ni uno solo tendrá la comida, ni el par de zapatos, ni el vestido gris. Nadie será llamado -ni el más humilde mendigo- “para rezar por el bien de su alma”. Los reales de plata que destinaba a la Santa Cruz, y las limosnas para los presos, y los legados a los conventos y asilos, no serán satisfechos. -Porque nada ni nadie se presta al cumplimiento de sus últimas voluntades, y aun en el caso de que sus camaradas hubiesen trasladado su cuerpo al hogar, no hubieran encontrado en éste un maravedí para pagar la mortaja.
¿Pero no son ricos, al menos, los herederos de Magallanes? ¿No va a la sucesión, según el pacto, un quinto de todas las ganancias? ¿No es su viuda una de las señoras de más posición de Sevilla? ¿No son sus hijos, nietos y bisnietos, los Adelantados y Gobernadores hereditarios de las islas recién descubiertas? No; nadie hereda de Magallanes pues nadie de su sangre vive ya para exigir la herencia, durante aquellos tres años han muerto su esposa Beatriz y los dos hijos, todavía menores. Queda extinguida la descendencia de Magallanes. Ni hermano, ni sobrino, ningún consanguíneo vive para recoger su escudo. ¡Ni uno tan sólo! Fueron vanos los cuidados del hidalgo, del esposo y del padre, y baldío el piadoso deseo del creyente cristiano. Le sobrevive su suegro, Barbosa, pero ¡cómo debe maldecir el día en que aquel huésped sombrío, aquel “holandés errante” entró en su casa! Hizo suya a la hija, y esta hija ha muerto; se llevó a su hijo en la expedición, el único hijo que tenía, y no ha vuelto con los supervivientes. ¡Qué terrible atmósfera de desdichas en torno al hombre único! A quien fue su amigo y su apoyo lo ha arrastrado a su mismo destino siniestro, y quien en él confiaba lo ha pagado caro. A todos los que estaban con él y por él, les ha sorbido la felicidad, como un vampiro, en los azares de su acción: Faleiro, su asociado un tiempo, se ve preso al llegar a Portugal. Aranda, que le allanó el camino, envuelto en infamantes inquisiciones, pierde todo el dinero que por Magallanes había arriesgado. Enrique, a quien había prometido la libertad, vuelve a ser tratado como esclavo. Mesquita, su primo, es aherrojado tres veces por haberle sido fiel; Serrão y Barbosa le siguen en la muerte con pocos días de diferencia, como arrastrados por el mismo sino, y únicamente el que le ha sido contrario, Sebastián Elcano, se hace con toda la gloria y la ganancia de los que murieron fieles.
(Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf). 



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sábado, 23 de mayo de 2020

El regreso de las naves (2)

Pedro Conde Sturla
22 mayo, 2020

Juan Sebastián Elcano

Stefan Zweig describe con justa indignación, casi con rabia, la ingrata recompensa que recibieron los seguidores de Magallanes por parte de los tribunales del Rey de España y la manera en que favorecieron a aquellos que lo habían traicionado y difamado.
Dos de los más beneficiados fueron Sebastián Elcano y Esteváo Gomes. Elcano había tomado parte en el complot del Puerto de San Julián urdido por los capitanes de las naves para eliminar a Magallanes y emprender el regreso a España, y había sido indultado, junto a otros de los amotinados. Esteváo Gomes había depuesto y aprisionado a Álvaro de Mesquita, capitán de La nave San Antonio y primo de Magallanes, y había desertado en el momento en que se había descubierto el estrecho que lleva el nombre de Magallanes, dejando a la flota sin su más grande y mejor aprovisionada embarcación. A su regreso a España, ante una comisión investigadora, en los tribunales se enfrentan los desertores con Mesquita y todos van a parar a la cárcel:
“No de todo lo que decían los sublevados —dice Stefan Zweig— hizo caso el tribunal del Rey, y con una imparcialidad digna de ser notada declaró sospechosas a ambas partes. Tanto los capitanes sublevados como el fiel Mesquita fueron encarcelados, a la vez que se prohibía salir de la ciudad a la señora de Magallanes, que aún no sabía que fuera viuda. La decisión del tribunal del Rey fue esperar hasta que los otros barcos y el almirante volvieran, como testimonio; pero habiendo transcurrido un año entero, y casi un segundo año sin que tuvieran noticias de Magallanes, los sublevados recobraban los ánimos. Pero las salvas de salutación que anuncian la vuelta de uno de los barcos de Magallanes retumban lúgubremente en sus conciencias. ¡Están perdidos! A Magallanes le ha salido bien la empresa, y su venganza será terrible contra aquellos que, deshonrando el juramento y delinquiendo contra las leyes del mar, le abandonaron cobardemente y, sublevándose contra su capitán lo aherrojaron”.

Pero Magallanes ya no estaba y no estaría. Ni siquiera sus restos mortales habían sido recuperados y el lugar en que fue enterrado, si acaso fue enterrado, permanece ignorado. Los traidores recibieron con júbilo esta noticia y también tuvieron motivo de contento por el hecho de que al mando del navío que había vuelto estaba —según explica Stefan Zweig— uno de los suyos:
“¡Cómo se sienten aliviados al enterarse de que Magallanes murió! El principal acusador enmudece. Y su confianza aumenta cuando les dicen que es Elcano quien ha conducido el Victoria.
¡Elcano es su cómplice, uno de los conjurados de aquella noche en Puerto de San Julián! No se atreverá a presentarse como acusador en un delito en que él tiene parte. No se presentará a ser testigo contra ellos, sino a su favor. Bendita sea la muerte de Magallanes y el testimonio de Elcano. Los acontecimientos les dan la razón. Si, por una parte; Mesquita es sacado de la prisión, ellos salen también libres, gracias a la ayuda de Elcano, y su rebelión queda olvidada en medio de la general alegría; siempre tienen razón los vivos contra los muertos”.
El emperador de España recibe la noticia del regreso de la nao Victoria con mayor entusiasmo y “envía “a Elcano la orden de comparecer sin tardanza en la corte con dos de sus hombres, ‘los más cuerdos y de mejor razón’, y que le lleven todos los escritos referentes al viaje”.
Lo que ahora lamenta Stefan Zweig con manifiesta irritación, concierne a estos escritos: “todos los escritos referentes al viaje”. No hay peor tragedia que el ocultamiento o la destrucción de estos documentos. Del minucioso diario de Pigafetta sólo se conserva al parecer un “breve extracto o summario”. Para peor, “desaparece misteriosamente, después de la muerte de Magallanes, hasta la última línea de su puño. Todo lo suyo ha sido borrado con sica de gato. A un desertor y a un amotinado se le conceden todos los honores. Esteváo Gomes recibe un título de nobleza por el mérito “de haber hallado el paso como guía y primer piloto’”. A Sebastian Elcano le es asignada una pensión vitalicia de quinientos florines de oro y su gloria es todavía equiparada a la de Magallanes. “Toda la fama —dice Stefan Zweig con amargura—, todo el mérito de Magallanes recaen en aquellos que más encarnizadamente intentaron impedir, durante la expedición, la que fue empresa de su vida”.
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón (continuación)
Stefan Zweig
Los dos hombres que Sebastián Elcano lleva a Valladolid no podían ser otros, por lo probados, que Pigafetta y el piloto Albo; no tan clara aparece la conducta de Elcano en lo tocante al otro deseo del Emperador, que le entregue todos los papeles de la flota. La conducta de Elcano es ambigua, puesto que no entrega ni una sola línea escrita por Magallanes. El único documento de éste redactado durante la travesía debe su conservación a la circunstancia de haber caído, con el Trinidad, en poder de los portugueses. Queda casi fuera de duda que Magallanes, un hombre tan exacto y fanático de su deber, consciente de la importancia de su misión, llevaba un dietario que sólo una mano envidiosa pudo destruir secretamente, de creer que a todos aquellos que durante el viaje se habían levantado contra el caudillo, les pareció harto peligroso que el Emperador pudiera tener noticias imparciales de aquellos sucesos; así, desaparece misteriosamente, después de la muerte de Magallanes, hasta la última línea de su puño, y se pierde también, cosa no menos singular, aquel gran diario del viaje, obra de Pigafetta, y cuyo original ofreció al Emperador en esta circunstancia. (...) Porque este diario oficial no puede identificarse de ningún modo con la narración de viaje posterior que conocemos, y es a todas luces un simple extracto de aquél; buena prueba de ello la da el informe del embajador de Mantua, que hace mención, en 21 de octubre, de un libro en el cual Pigafetta escribió diariamente, “libro molto bello che de giorno in giorno li a scritto el viaggio e pase che anno ricercato”. Tres semanas más tarde, el mismo embajador habla de un “breve extracto o summario del libro che anno portato quelli de le Indie”; o sea lo que hoy conocemos como el informe de Pigafetta, al cual pueden unirse, como insuficiente complemento, las anotaciones de los varios pilotos y la carta de Pedro Mártir y de Maximiliano Transilvanus. Por qué razones este diario de Pigafetta desapareció sin que quedara la menor huella, sólo podemos sospecharlo; dolosamente, con el tiempo hubo empeño en oscurecer lo que hacía referencia a la oposición de los oficiales españoles contra el portugués Magallanes, para hacer triunfar más rotundamente a Elcano, el hidalgo vasco. También esta vez, como ocurre a menudo en la Historia, la honrilla nacional pasa delante de la justicia.
Ya el fiel Pigafetta parecía desconcertarse al ver que Magallanes era relevado sistemáticamente a último término. Recelaba que allí no se pesaban los méritos equitativamente. Verdad es que en todo tiempo el mundo ha recompensado al finalista, al afortunado que acaba un hecho, dejando en el olvido a todos aquellos que lo han amasado y llevado a la posibilidad con su espíritu y su sangre. Pero esta vez la repartición lleva lo injusto hasta un grado lamentable. Quien cosecha toda la gloria y los honores y dignidades es precisamente aquel que, en el momento decisivo, quiso poner obstáculos a la realización y se levantó contra Magallanes: Sebastián Elcano. Queda solemnemente expiado su antiguo delito: la venta de un barco a un extranjero, o sea lo que, en cierto modo, le impulsó a refugiarse en la flota de Magallanes, y le es asignada una pensión vitalicia de quinientos florines de oro. El Rey lo eleva a la categoría de hidalgo y le otorga un escudo que señala simbólicamente a Elcano como ejecutor del hecho inmortal. Llenan el campo dos ramas de canela cruzadas, junto con nueces moscadas y clavos de especia, realzado con un casco y la esfera terrestre circundada por la arrogante inscripción: Primus circumdedisti me (fuiste el primero en rodearme). Y la injusticia sube de punto con la recompensa a aquel Esteváo Gomes que había desertado en el estrecho de Magallanes, y que ante el tribunal de Sevilla afirmó que no se había hallado el paso y sí únicamente una bahía abierta. Esteváo Gomes precisamente, que con tal descaro negaba el descubrimiento de Magallanes, recibe un título de nobleza por el mérito “de haber hallado el paso como guía y primer piloto”. Toda la fama, todo el mérito de Magallanes recaen en aquellos que más encarnizadamente intentaron impedir, durante la expedición, la que fue empresa de su vida. (Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf). l


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sábado, 16 de mayo de 2020

El regreso de las naves (1)

Pedro Conde Sturla
15 mayo, 2020



Réplica de la nao Victoria, primera embarcación que dio la vuelta al globo
El día 6 de septiembre del año 1522 entró la desvencijada nao Victoria en el puerto de Sanlúcar, España, con apenas dieciocho hombres a bordo. Estaba al mando de Sebastián Elcano y había dado la vuelta al mundo. Durante más de tres años, desde el 10 de agosto de 1519 hasta el 8 de septiembre de 1522, Antonio Pigafetta había documentado los pormenores de la azarosa travesía, pero en ningún momento menciona el nombre de Sebastián Elcano. Y además —como se verá más adelante— es posible que la crónica de Pigafetta que conocemos sea apenas un resumen, una apretada síntesis de todo lo que escribió.
La historia posterior al regreso de los hombres y las dos naves que sobrevivieron al primer viaje de circunnavegación del mundo es un dechado de intrigas, una historia tan apasionante como indignante, y ha sido contada de muchas maneras, pero yo prefiero una en particular. Una que me seduce de un modo especial. Ahora el narrador no es Pigafetta sino alguien mejor surtido en cuanto a recursos narrativos. Alguien que sabía elevar la tensión de cada peripecia en grado máximo y convertir al lector en espectador de los hechos que narraba: Stefan Zweig.
En su libro sobre Magallanes ( “La aventura más audaz de la humanidad “), Stefan Zweig dedica el último capítulo (“Los muertos no tienen razón”) al recuento de lo que sucedió a partir de la llegada de la nao Victoria a España. Stefan Zweig leyó todo lo que tuvo a su alcance para escribir la obra y estaba bien documentado, pero lo que escribió no fue un libro de historia, sino una historia novelada. Aun así, no hay que poner necesariamente en duda todo lo que afirma. De hecho, la narración puede ser tan confiable o fantasiosa como la de Pigafetta, aunque mucho más, infinitamente más novelesca:
Capítulo 13
Los muertos no tienen razón
Stefan Zweig
La impetuosa multitud se reunió en la ribera sevillana “para contemplar -según escribe Oviedo- este último barco famoso; la expedición en que tomó parte representaba la cosa más prodigiosa y el acontecimiento más grande que se hayan visto desde que Dios creó al primer hombre y el mundo”. Conmovidos, no pueden apartar los ojos de los dieciocho hombres del Victoria que salen del barco y, semejantes a esqueletos, pisan la tierra vacilantes, como contando los pasos, flacos, terroso el color, agotados y enfermos, héroes innominados que han envejecido diez años durante aquellos tres interminables. Rodéanlos, jubilosos y apiadados; les ofrecen manjares y bebidas reparadoras, les invitan en los hogares, les hacen contar una y otra vez sus aventuras, sus penalidades. Pero los repatriados rehúsan. Más tarde habrá tiempo de eso. Ahora han de cumplir la primera obligación, el voto que hicieron hallándose en trance mortal: la peregrinación a la iglesia de Santa María de la Victoria y de Santa María Antigua. El pueblo, guardando respetuoso silencio, forma una doble hilera para ver pasar a los dieciocho supervivientes, descalzos, vistiendo túnicas blancas, con sendos cirios encendidos, hacia la iglesia. Quieren dar gracias a Dios en el mismo sitio donde se despidieron, por la inesperada gracia de haberlos salvado de apuros tan grandes y devuelto a su patria. Vuelve el órgano a elevar sus acordes, levanta nuevamente el sacerdote, por encima de los penitentes arrodillados en la penumbra de la catedral, la custodia, semejante a un diminuto sol radiante. Cuando han dado las gracias al Todopoderoso y a los santos por haberlos salvado, tal vez formulen también los marineros una oración por todos los hermanos y camaradas muertos, a cuyo lado habían rezado, unánimes, tres años antes.
¿Dónde están los que entonces levantaban los ojos hacia Magallanes, su almirante, en el acto de desplegar la bandera de damasco que el rey le confiaba y el sacerdote bendecía?
Ahogados en el mar, asesinados por los indios, muertos de hambre y sed, perdidos o prisioneros... Y ahora, ellos solos son los que, elegidos por el destino en sus inescrutables misterios, gozan del triunfo y reciben las bendiciones. En voz baja, y con los labios temblorosos, rezan los dieciocho la oración de los difuntos en memoria del caudillo y de los doscientos muertos de la Armada.
Con alas de fuego rueda, entre tanto, la noticia de su feliz arribo, y despierta en toda España, primero, la atención de todos, y luego la admiración sin límites. Ningún otro acontecimiento desde el viaje de Colón ha entusiasmado hasta tal punto a los contemporáneos. Toda inseguridad ha desaparecido. La duda, esa enemiga encarnizada de toda humana ciencia, ha sido vencida en el campo geográfico. Desde que una nave salió del puerto de Sevilla hasta que ancló de regreso en el mismo puerto, ha sido probado incontestablemente que la Tierra es una esfera giratoria y que todos los mares forman un solo mar continuo. Por fin, la cosmografía de griegos y romanos ha sido superada, y vencida la oposición de la Iglesia, y la fábula ingenua de los antípodas que andan cabeza abajo. Ha quedado fijada para todos los tiempos la medida de la órbita de la Tierra; vendrán todavía otros valientes descubridores a contemplar la afirmación con otras particularidades de la forma terrestre, Pero la afirmación básica se debe a Magallanes y se mantiene incólume hasta nuestros días y para los sucesivos. La Tierra tiene puestos sus lindes y la Humanidad disfruta de su conquista. Con esta jornada histórica queda ensalzado el orgullo de la nación española. Bajo el pabellón español empezó Colón el descubrimiento del mundo, y bajo el mismo pabellón lo ha completado Magallanes. En un cuarto de siglo, la Humanidad ha aprendido más sobre su habitación terrestre que durante los miles y miles de años anteriores.
Instintivamente, la generación que en la dicha y la embriaguez de la gloria ha presidido esta transformación en el solo espacio de una vida, se siente poseída de esta realidad: un tiempo nuevo, la Edad Moderna, ha comenzado.
General es el entusiasmo ante el logro imponente que representa para el espíritu el cumplido viaje. Los mismos empresarios comerciales que armaron la flota, la “Casa de Contratación” y Cristóbal de Haro, pueden regocijarse. Ya daban por perdidos los ocho millones de maravedíes desembolsados para los cinco barcos, y de pronto, el único de éstos que vuelve a sus lares, no solamente nivela con su carga la partida, sino que deja todavía una insospechada ganancia. Los quinientos veinte quintales de especias que ha traído el Victoria de las Molucas dejan una ganancia limpia de unos quinientos ducados oro. El cargamento de un solo barco compensa de la pérdida de los otros cuatro. Una cuenta en la cual, a decir verdad, queda reducida a cero la otra pérdida: doscientas vidas humanas.
En la extensión del mundo, sólo una docena de hombres sienten de pronto oprimido el corazón al saber que un barco de la Armada de Magallanes ha dado la vuelta al mundo y ha vuelto felizmente al hogar. Son estos hombres los capitanes sublevados y su piloto, desertores con el San Antonio, en el cual llegaron a Sevilla un año antes; como toque de difuntos suena en sus oídos el grato mensaje. Se habían mecido en la esperanza de que aquellos peligrosos testigos y acusadores jamás volverían a España, en el protocolo judicial extendieron la papeleta de defunción a los valientes argonautas: “Al juicio y parecer de los que han venido, no volverá a Castilla el dicho Magallanes.” Con tal seguridad habían dado por supuesto que las naves y sus tripulantes se estaban pudriendo en el fondo del océano, que desaprensivamente, callando su rebelión, se alababan ante la Comisión investigadora de un acto de patriotismo y escondían el hecho de que Magallanes había hallado ya el derrotero en el momento crítico en que le abandonaron. Sólo hablaban muy someramente de una bahía en la cual habían entrado y de que la ruta buscada por Magallanes se revelaba “inútil y sin provecho”. Eran, en cambio, graves las acusaciones que hacían al ausente. Decían que se había deshecho arteramente de los hombres de confianza del Rey para dejar la flota a disposición de los portugueses, y que si ellos habían conseguido salvar su barco fue gracias a haberse apoderado de Mesquita, el primo de Magallanes, que éste había pasado de contrabando. (Stefan Zweig, “Magallanes, La aventura más audaz de la humanidad”), https://www.biblioteca.org.ar/libros/131355.pdf).



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sábado, 9 de mayo de 2020

Antonio Pigafetta: primer viaje alrededor del mundo (5 de 5)

Pedro Conde Sturla
8 mayo, 2020
El 16 de marzo de 1521 llegó la expedición de Magallanes a lo que hoy llamamos Filipinas, en honor a Felipe II de España. Al parecer, desde el momento en que puso pie en tierra, o quizás antes, Magallanes se sintió dueño y señor de aquellas tierras, aquel archipiélago formado por 7107 islas que bautizó con el nombre de islas San Lázaro, como si de su propia criatura se tratase.

Magallanes, al igual que todos los soberbios capitanes al servicio de España o cualquier otra potencia de la época, acostumbraba a denominarse descubridor de todas las tierras que encontraba a su paso, aunque estuviesen ya descubiertas por sus habitantes, y a tomar posesión de ellas en nombre de su rey, de su majestad ilustrísima y del Dios al que servía. Acostumbraba imponerse de una u otra forma sobre los nativos, evangelizarlos, convertirlos de cualquier manera en cristianos vivos o en cristianos muertos, como decía Neruda.
Magallanes estaba a un paso de llegar a las islas de las especierias, que eran el objetivo de su misión, las islas Molucas, que se encontraban más adelante. Había llegado al Extremo Oriente, había realizado el sueño de Cristóbal Colón. Había descubierto el pasaje que permitía el acceso desde el Atlántico a los mares del sur y estaba a punto de colmar su sed de gloria y su ambición, la de todos los marineros que lo acompañaban y de los que habían financiado el viaje. Se haría y se harían inmensamente ricos. Pero Magallanes se entretuvo más de la cuenta, cristianizando salvajes, imponiendo la civilización por cualquier medio. Uno de los reyezuelos de las islas, un tal Lapu-Lapu o Lapulapu, le había salido malcriado, indócil, respondón. Le pasaba algo parecido a lo que cuenta Galeano que había sucedido con los indígenas que se encontraron por primera vez con Colón. Algo que Lapu-Lapu se negaba a aceptar:
“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.”
Lapu-Lapu era un incivil, no reconocía la autoridad del rey ni la de Magallanes y no estaba dispuesto a someterse, ni a convertirse, ni a pagar tributos a un extranjero. Sería probablemente el primer independentista Filipino.
Magallanes, por parte suya, estaba dispuesto a dar un ejemplo y lo dió. Un mes y pico después de su llegada, el 27 de abril de 1521, moriría en ejemplar combate.
Durante mucho tiempo circuló la leyenda de que Lapu-Lapu lo había matado en combate cuerpo a cuerpo, pero por lo que cuenta Pigafetta las cosas ocurrieron de otra manera. Magallanes actuó con prepotencia, muy confiado en las armaduras, ballestas y armas de fuego que tenía a su disposición. Se alistó para la batalla con apenas cuarenta y nueve hombres y pidió a los demás no intervenir. Mandó emisarios a exigir la rendición, pero ninguno regresó y Magallanes ordenó el ataque. El mismo Pigafetta, que participó en el combate, estuvo a punto de dejar el pellejo y eso sí que hubiera sido una tragedia:
“Encontramos a los isleños en número de mil quinientos, formados en tres batallones, que en el acto se lanzaron sobre nosotros con un ruido horrible, atacándonos dos por el flanco y uno por el frente. Nuestro comandante dividió entonces su tropa en dos pelotones: los mosqueteros y los ballesteros tiraron desde lejos durante media hora sin causar el menor daño a los enemigos, o al menos muy poco, porque aunque las balas y las flechas penetrasen en sus escudos, formados de tablas bastante delgadas, y aun algunas veces los herían en los brazos, eso no les detenía, porque tales heridas no les producían una muerte instantánea, según se lo tenían imaginado, y aun con eso se ponían más atrevidos y furiosos.
Por lo demás, fiándose en la superioridad del número, nos arrojaban nubes de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra, de manera que nos era muy difícil defendernos. Hubo aun algunos que lanzaron estacas enastadas contra nuestro comandante, quien para alejarlos e intimidarlos, dispuso que algunos de los nuestros fuesen a incendiar sus cabañas, lo que ejecutaron en el acto. La vista de las llamas los puso más feroces y encarnizados: algunos aun acudieron al lugar del incendio, que devoró veinte o treinta casas, y mataron en el sitio a dos de los nuestros. Su número parecía aumentar tanto como la impetuosidad con que se arrojaban contra nosotros.
“Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna al comandante, quien inmediatamente ordenó que nos retirásemos lentamente y en buen orden; pero la mayor parte de los nuestros tomó precipitadamente la fuga, de modo que quedamos apenas siete u ocho con nuestro jefe.
“Habiendo notado los indígenas que sus tiros no nos hacían daño alguno cuando los dirigían a nuestras cabezas o cuerpos, a causa de nuestra armadura, pero que teníamos sin defensa las piernas, en adelante sólo dirigieron a éstas sus flechas, sus lanzas y sus piedras, en tal cantidad que no nos fue posible resistir. Las bombardas que teníamos en las chalupas no nos servían de nada a causa de que los bajíos no permitían a los artilleros aproximarse a nosotros.
“Siempre combatiendo nos retiramos poco a poco, y estábamos ya a la distancia de un tiro de ballesta, teniendo el agua hasta las rodillas, cuando los isleños, que nos seguían siempre de cerca, empezaron de nuevo el combate, arrojándonos hasta cinco o seis veces la misma lanza.
“Como conocían a nuestro comandante, dirigían principalmente los tiros hacia él, de suerte que por dos veces le hicieron saltar el casco de la cabeza; sin embargo, no cedió, combatiendo nosotros a su lado en reducido número. Esta lucha tan desigual duró cerca de una hora. Un isleño logró al fin dar con el extremo de su lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela en el cuerpo. Quiso entonces sacar su espada, pero le fue imposible a causa de que tenía el brazo derecho gravemente herido. Los indígenas, que lo notaron, se dirigieron todos hacia él, habiéndole uno de ellos acertado un tan gran sablazo en la pierna izquierda que cayó de bruces; en el mismo instante los isleños se abalanzaron sobre él. Así fue cómo pereció nuestro guía, nuestra lumbrera y nuestro sostén. Cuando cayó y se vio rendido por los enemigos, se volvió varias veces hacia nosotros para ver si habíamos podido salvamos. Como no había ninguno de nosotros que no estuviese herido, y como nos hallábamos todos en la imposibilidad de socorrerle o de vengarle, nos dirigimos en el acto a las chalupas que estaban a punto de partir. Fue así cómo debimos la salvación a nuestro comandante, porque en el instante en que pereció, todos los isleños se dirigieron al sitio en que había caído.
“El rey cristiano habría podido socorremos y sin duda lo habría hecho, mas el comandante, lejos de prever lo que acababa de suceder, tan luego como puso pie en tierra con los suyos, le ordenó que no se moviese de su balangay y que permaneciese como mero espectador del combate. Cuando le vio sucumbir lloró amargamente.
“Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Estaba adornado de todas las virtudes, mostrando siempre una constancia inquebrantable en medio de las más terribles adversidades. A bordo se condenaba a privaciones más grandes que cualquiera de los de la tripulación.
“Versado como ninguno en el conocimiento de las cartas náuticas, poseía a la perfección el arte de la navegación, como lo probó dando la vuelta al mundo, que nadie antes que él había osado tentar.
Esta desgraciada batalla se libró el 27 de abril de 1521, en un sábado, día que el comandante había elegido porque lo tenía en particular devoción. Perecieron con él ocho de los nuestros y cuatro indios bautizados, y pocos de nosotros regresamos a las naves sin estar heridos. Los que habían quedado en las chalupas pensaron hacia el fin protegernos con las bombardas, pero a causa de la distancia en que se hallaban, nos hicieron más daño que a los enemigos, quienes, sin embargo, perdieron quince hombres”.



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sábado, 2 de mayo de 2020

Antonio Pigafetta: primer viaje alrededor del mundo (4)

Pedro Conde Sturla
1 mayo, 2020
Magallanes en "las islas de los ladrones".

Después de varios meses de azarosa travesía, sin probar alimentos frescos y sin tocar tierra, con la tripulación diezmada por el hambre y el escorbuto, las tres naves restantes de la expedición de Magallanes llegaron providencialmente a la isla de Guam, una de las quince paradisíacas islas asentadas sobre montañas volcánicas que forman el archipiélago de las Marianas. Con sus habitantes, los honrados expedicionarios al mando de Magallanes se mostraron a disgusto. Tenían malas costumbres, se apropiaban de lo ajeno con una habilidad insospechada y Magallanes y sus hombres no agradecían de ninguna manera la competencia. Despectivamente bautizaron el territorio como las “islas de los Ladrones”, a pesar de que sólo en una les habían robado.

Este hecho lo cuenta Pigafetta con su habitual lujo de detalles, y al parecer no considera que fue más grave lo que hicieron los europeos que lo que hicieron los nativos:
“Cuando hubimos corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el 6 de marzo de 1521, que era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aún la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán, irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en la misma dirección”.
La breve estadía en la “hostil” isla no dejó, sin embargo, de ser provechosa. De los nativos difuntos los marinos enfermos obtuvieron lo que consideraban una cura para el escorbuto:
“Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños, nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían de sanar en poco tiempo”.
Lamentablemente, Pigafetta no vuelve a tocar el tema y el lector curioso se queda intrigado. Nunca sabremos si el canibalismo coprológico que pusieron en práctica los marinos enfermos (la ingestión de intestinos con todo lo que tienen generalmente adentro) arrojó algún resultado positivo.
Con el mismo objetivo distanciamiento, narra Pigafetta otros detalles no menos escabrosos y tristes, por no decir indignantes. Sin embargo, el enfrentamiento entre los habitantes de las islas de los ladrones y la tripulación de los barcos de los asesinos, dejó un saldo de viudas y huérfanos que Pigafetta de alguna manera parece lamentar describiendo la rabia y el dolor de las “mujeres que lloraban y se arrancaban los cabellos”.
“Cuando los nuestros herían a los isleños con flechas de modo que los pasaban de parte a parte, estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida: lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo; mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar con habilidad el choque de las naves. Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos”.
Algo que resulta gracioso es el descubrimiento y la descripción del coco, una fruta tropical que todos conocemos o creemos conocer hasta leer lo que escribe Pigafetta. Confieso sinceramente que no tenía idea de las tantas cosas que se pueden hacer del coco y de la mata de coco, si acaso es cierto todo lo que dice el cronista:
“Los cocos son el fruto de una especie de palma, de que sacan su pan, su vino, su aceite y su vinagre. Para procurarse el vino, hacen en la cúspide de la palma una incisión que penetra hasta la médula, por donde sale gota a gota un licor que se asemeja al mosto blanco, pero que es un tanto agrio. Recogen este licor en los tubos de una caña del grueso de una pierna, que se ata en el árbol y que se tiene cuidado de vaciar dos veces al día, mañana y tarde.
“El fruto de esta palmera es del tamaño de la cabeza de un hombre y aun algunas veces más grande; su corteza primera, que es verde, tiene dos dedos de espesor y está compuesta de filamentos de que se sirven para hacer las cuerdas que usan para sus embarcaciones. Encuéntrase, en seguida, una segunda corteza más dura y más consistente que la de la nuez, de la cual, quemándola, sacan un cierto polvo que utilizan. Hay en el interior una médula blanca, del espesor de un dedo, que se come a guisa de pan, con la carne y el pescado. En el centro de la nuez y en medio de esta médula existe un licor transparente, dulce y fortificante, y si después de haber vaciado este licor en un vaso, se le deja reposar, toma la consistencia de una manzana. Para procurarse el aceite se toma la nuez, dejando fermentar la médula con el licor, y haciéndolo hervir en seguida resulta un aceite espeso como mantequilla”.
Algunas otras cosas que Pigafetta describe resultan sin duda exageradas o poco verosímiles. Dice, por ejemplo, que en la isla de Massana hay murciélagos del tamaño de águilas cuya carne sabe a pollo, y tórtolas y palomas tan grandes como gallinas. En otros lugares aparece gente que se come vivas las ratas. A veces la narración nos sitúa, por decirlo así, en un escenario surrealista o surrealista mágico del cual no queremos o no podemos escapar:
“La isla de Massana se halla hacia el 9° 40’ de latitud norte y a 162° de longitud occidental de la línea de demarcación: dista veinticinco leguas de la isla de Humunu.
De ahí partimos dirigiéndonos al sudeste, pasando en medio de cinco islas llamadas Ceilán, Bohol, Canigán, Baybay y Gatigán, en la última de las cuales vimos murciélagos tan grandes como águilas: uno que matamos lo comimos, habiéndole encontrado sabor de gallina. Existen también palomas, tórtolas, loros y otros pájaros negros, tan grandes como una gallina, que ponen huevos del tamaño de los de patos y que son excelentes para comer. Se nos aseguró que la hembra pone sus huevos en la arena y que el calor del sol bastaba para incubarlos”.



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